10.11.09 

Suban el volumen

(Publicada hoy en Página/12)

Silencio dijo el cura, silencio dijo el juez /
Silencio entonces, idiota!

(Los Fabulosos Cadillacs, 1985)

Lo sucedido este fin de semana en el festival Pepsi Music plantea una batalla que el rock no puede dejar de dar. A pesar de ser desestimada por el juez de turno, la denuncia de una señora que vive a varias cuadras del Club Ciudad provocó que los inspectores del gobierno obligaran a la productora Popart a bajar aún más el volumen, hasta un nivel en el que los cánticos del público resultaron más poderosos que lo que salía del Public Address. El hecho podría calificarse como curioso, pero la palabra que más le cabe es peligroso: la decisión de trasladar los grandes festivales a varias cuadras de Avenida del Libertador fue un gesto de buscar la convivencia, de permitir la expresión artística, afectando lo menos posible a los vecinos. Pero ni el buen vecino ni la administración Macri parecen dispuestos a otra cosa que a bajarle el sonido al rock, ponerle mute, acorralarlo un poco más. La histeria post-Cromañón llevó a clausuras generalizadas que redujeron sensiblemente los medianos y pequeños lugares de trabajo de los músicos. Ahora van también por los grandes.

Mauricio Macri, tan amante de las patéticas imitaciones de Freddie Mercury en sus fiestas, tan preocupado en el foro nacional por la libertad de expresión, no tiene ningún empacho en atropellar en su feudo la libertad, el derecho, el volumen de expresión de los artistas de rock. El género siempre fue molesto para la sociedad más occidental y cristiana: esta preocupación por el volumen es una efectiva manera de recortarle las alas, reducir su poder de convocatoria (¿quién no pensaría dos veces pagar una entrada sabiendo que va a encontrar un sonido insatisfactorio?), obligar al susurro su capacidad de gritar inconveniencias. Esta administración posó de cool poniéndole el brazalete Say No More al Obelisco, pero sus acciones están mucho más cerca del anillo milico de “El silencio es salud”. Quizá necesita ese silencio para poder escuchar mejor las pinchaduras de teléfonos.

El domingo por la noche, en la carpa de prensa del Club Ciudad, Roberto Costa apuntaba su frustración por encontrarse en la posición de que el público se sintiera estafado, y echaba justificados rayos y centellas contra los funcionarios y su arbitrario poder de clausura. El productor debería andarse con más tiento: podría pasar por allí algún inspector quisquilloso que interprete eso como uso indebido de pirotecnia y le cierre el boliche.

Los fachos de siempre quieren imponer el silencio. Es hora de pegar un par de gritos.

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8.11.09 

La antena no se mancha

(Publicada hoy en Página/12)

Casi todos los libros, versiones y relatos le adjudican la paternidad –aunque reconocen otros nombres en danza– al tano Guglielmo Marconi, que a fines del siglo XIX saltó el Canal de la Mancha con una transmisión inalámbrica. Los estudiosos de la historia local celebran al doctor Enrique Telémaco Susini y el grupo de locos que, hace una punta de años, se subió a una azotea de Charcas y Cerrito para echar a andar un equipo mínimo que logró transmitir la ópera Parsifal.

De esa clase de cosas está hecha la épica de la radio.

Suele decirse que el gran poder de la radio se funda en el ejercicio de la imaginación que supone, su capacidad para construir mundos entre alguien frente al fierrito y alguien que, lejos de allí, consigue palpar el universo. Ahí no hay grandilocuencia que valga: el desarrollo tecnológico agregó infinidad de matices y facilidades a esa labor, pero la radio sigue afirmando sus pies en ese intercambio tan sencillo, tan complejo. La radio es gratis de verdad: hasta para tener apenas los cinco canales de aire hay que hacer una inversión importante. Internet depende de tener una computadora, un proveedor y un servidor que no se encapriche. Los diarios y revistas tienen un costo de producción que impone un precio de tapa. El cine y el teatro –salvo eventos de entrada libre– exigen un lógico pago de entrada. Para dejarse llevar por la radio alcanza con un aparato que puede tener años y años de antigüedad y aun así sigue cumpliendo sus fines.

La generación que creció con Videla, la que nació sin poder, descubrió que la radio podía ser una aliada de peso con las rarezas de El tren fantasma y sobre todo a comienzos de los ’80, cuando Lalo Mir y Elizabeth Vernaci cambiaron las 9 PM. Allí no sólo podían escucharse un lenguaje, un código y un ritmo inesperados, desconocidos. También sonaba el demo de una banda llamada Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y una noche podía estar invitado un español loco llamado Mariscal Romero que hablaba de pie frente al micro y sin dejar de moverse, y uno podía acceder al estudio de la avenida Santa Fe y conocer a un alemán de paso por la Argentina que tenía un casete de los Dead Kennedys y lo copiaba con gusto: un download de carne y hueso. Lalo se iría después al otro lado del mundo, a Bangkok, a seguir reinventando con el partidito entre estrellas del rock, la División Entel y el reverendo, a descubrir luego a un pelado increíble que tenía todo un mundo viviendo adentro, poblaba un solo micro de raras criaturas.

Se podían conocer también los estudios de El Mundo, en horarios imposibles para poder presentarse a tiempo al trabajo en la mañana siguiente, sin poder resistirse al influjo de un flaco alto y melancólico llamado Dolina, y el coequipier de pelo blanco que también era materia de leyenda y el locutor que se convertiría en impecable ladero, capaces de montar el escenario en el que brillaba el Sordo Gancé, improvisar el Himno de los Artesanos (“Somos todos artesanos, ZPQ, ZPQ/ Hacemos cacerolas con las manos, ZPQ...”), jugar a los dados a nombre de los oyentes o enhebrar el inolvidable culebrón de Los Ingallini, los Ingalls en clave de neorrealismo italiano. En el más allá, Marconi se rascaría la cabeza, incrédulo.

El Mundial de 1986 tiene pegadas imágenes precisas, pero también un recuerdo que es pura radio, que no se desvanece, que resurge cada tanto con la misma potencia, con el uruguayo que patentó eso del barrilete cósmico: en estos tiempos de pornografía futbolística, de tener acceso a lo que pasa en todos los campos de juegos, uno extraña el acto de escuchar los partidos por radio, donde los relatores a veces mejoran el bodrio que se está jugando. Víctor Hugo le puso poesía a una jugada sublime, pero uno también recuerda partidos horribles en los que se rió a gusto con lo que el oriental largaba por el micro para pasar el mal trago.

Como cualquier otro medio, la radio puede ser también objeto de manipulación: los milicos que se adueñaron de este país durante siete años quisieron sojuzgar también los oídos de la gente con sus listas negras, y cuando se lanzaron a la delirante aventura de Malvinas prohibieron los “cantables” en inglés. La taba se les dio vuelta cuando el rock argentino, hasta entonces condenado al ghetto de los silenciados, se volvió un fenómeno incontrolable gracias a la radio. La misma radio que puede ser hoy incubadora de la crispación, el soundtrack favorito de taxistas enardecidos por enanitos fascistas que arengan desencajados, que hacen magia negra. Afortunadamente contamos con el as de capusottos, capaz de convertir tanto veneno en pura comicidad, en antídoto, en recordatorio de que lo negativo no está en el medio sino en algunos de quienes lo ocupan. En los años ’50, el escándalo de la payola, los tipos que se llevaban sobres por pasar ciertas canciones, conmovió a la radio estadounidense. Pero la radio sobrevivió a los chupasangres. La antena no se mancha.

Y hablando de eso: los músicos saben mejor que nadie que la radio puede ser su arma más poderosa, allí donde lo suyo habla por sí, sin mediaciones, y un oyente puede convertirse en diez, en mil, en un millón. Una escena de That Thing You Do! retrata poderosamente esa convicción, cuando los pibes de The Wonders escuchan por primera vez su canción saliendo del parlante y no saben qué hacer con la salvaje electricidad que eso les produce, que les recorre el cuerpo. La primera ola del rock inglés y estadounidense hubiera muerto en la orilla de no haber sido por esa radio que la multiplicó hasta el tsunami. Mafalda no sólo sostenía diálogos existenciales con su Spica: a través de ella también conoció a The Beatles. Sí, la tiranía del single, la pereza de algunos musicalizadores o el tremendo peso específico de la pauta publicitaria hacen que a veces uno se pregunte para qué cuernos escucha las FM si pasan siempre lo mismo, a toda hora. Pero el virus de la radio es sabio, y supo multiplicarse en las radios alternativas, y hoy encuentra un inmenso campo de posibilidades en las estaciones que invaden la red, que proponen nuevas formas de expresión.

La radio inspiró nombres de grupos, miles de canciones y discos completos, tristezas como el Radio KAOS de Roger Waters o deformidades como el Radioactivity de Kraftwerk, los hertz convertidos en música. La radio le permitió a un pibe llamado Pergolini empezar en un estudio de juguete, llegar a comerse la mañana y construirse su propio boliche hi tech.

El martes pasado, los premios ETER se pusieron los largos, en una fiesta de entrega que contó con transmisión en directo por Televisión Pública, Radio Nacional y el sitio eter.com.ar. La lógica de los premios, se dijo alguna vez en estas mismas páginas, es siempre curiosa y no del todo confiable. Pero al menos en el caso de los Eter ese “ponerse los largos” no significó caer en vicios comunes al rito de los galardones. No es que en el ambiente de la radio no haya odios, puñaladas arteras o envidias como en la tele. Pero el clima en La Trastienda fue notoriamente otro. No porque la radio sea un medio más “chiquito” –considerar eso es un insulto–, sino porque su propia artesanía impide que los hacedores de amplitudes y frecuencias moduladas se monten a las grandes carrozas del carnaval mediático: para quien conoce la ceremonia íntima del estudio, el micrófono y el operador, embutirse en un smoking y dedicar su premio a la paz mundial suena a incongruencia.

* * * *

Video killed the radio star, argumentó una canción de Buggles que inauguró las transmisiones de MTV a mediados de los ’80. Paparruchadas. Hoy, entre realities y eventos fashion, MTV se acuerda cada tanto de emitir algunos videoclips. La radio y sus estrellas gozan de excelente salud.

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2.11.09 

Faaaaaaso



La noticia es viejísima (está fechada en noviembre de 2006), pero no deja de ser destacable. No puede menos que celebrarse el premio a la inventiva de esta buena gente.

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Búsquedas

El colega y amigo Facundo García se puso a curtir un entretenimiento que puede generar una adicción importante: iniciar frases en el Google que dan momentos de auténtica diversión. Véase Casco de Kamikaze.

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27.10.09 

Las bandas eternas

(Foto: Sandra Cartasso)

Entró, ocupó el escenario del Teatro 25 de Mayo, agarró la guitarra y cantó una breve y hermosa ofrenda a los padres del Colegio Ecos, manifestó su pena por la decisión de la Justicia de sobreseer al chofer del micro, habló de su alegría por el encuentro con Charly García y empezó a hablar de Las Bandas Eternas. Y a medida que escuchaba a un señor llamado Luis Alberto Spinetta hablar de un encuentro apasionado de músicos por amor a la música, a soltar con total naturalidad los nombres de Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, a medida que hacía referencia a esas canciones que me acompañan desde la lejana adolescencia y que sonarán en Vélez, una emoción eléctrica me recorría el cuerpo.

Quiero dormirme hoy y despertar el 4 de diciembre.

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26.10.09 

El regreso del músico

(Publicada hoy en Página/12)

A veces el trabajo periodístico tiene esas inconveniencias: por cuestiones del cierre en la redacción, quien esto escribe no pudo estar en Vélez el viernes por la noche. Allí fueron Roque Casciero y Luis Paz a mojarse hasta el apellido y comprobar la buena salud artística de un tal Charly García, a la verificación de que la expresión de deseos se convertía en feliz realidad. Me perdí la vibrante interpretación de “Vía muerta”, no pude asistir a un nuevo capítulo de los cruces García-Spinetta de los que sí pude dar testimonio en aquellos Luna de 1984.

Y a pesar de todo, quedó la sensación de una apuesta que salió bien. Porque habrá nuevas oportunidades, porque la carrera de Charly no termina en este estadio apoteósico y épico, sino que bien puede abrir una nueva etapa. Con toda honestidad, los shows noventistas del bigote solían dejarme con un agrio sabor a nada: casi que no podía ser de otra manera para quien se rindió ante conciertos de Seru, ante las presentaciones de Piano Bar, de Parte de la religión, de Cómo conseguir chicas, de Filosofía barata y zapatos de goma, cuando su banda de apoyo era una maquinaria impecable y él, rey mago, rey loco, genial compositor y director de orquesta, nos dejaba invariablemente con la boca abierta. De las caóticas noches de La hija de la lágrima en el Opera en adelante, empecé a olvidarme de él, de su capacidad de estimular cada vez más menguante. El público nuevo se entusiasmó con el happening-García. Este humilde periodista quería que volviera el músico.

Y el músico volvió, y pudo borrar de un plumazo aquella innecesaria aparición en Luján, que sirvió para su terapia pero no dejó de ser una exhibición algo obscena de su proceso de recuperación. Contra todo, contra un clima de infierno congelado –pobre Pichón Baldinú, tanto trabajo para que Eolo volara los papeles–, García tocó todas las que uno quiere escuchar, y su banda volvió a ser un relojito, y cantó, y conmovió no sólo porque era el regreso sino porque él es el dueño de todas esas canciones geniales, y nos permite compartirlas, completarlas.

En los días previos, varios opinators de los medios se empeñaron en presentar su recuperación bajo lugares comunes sobre “qué buen ejemplo es Charly”. Déjense de joder. Ser “ejemplo” nunca fue bueno para él. Lo mejor de todo esto es volver a sentir esa excitación por el próximo show, celebrar que no se quedó en vía muerta, esperar con impaciencia que anuncie otro encuentro.

Y que el cierre se lo coma otro.

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24.10.09 

La marca de la gorra

Karma police, arrest this man, he talks in maths.
(Radiohead, 1997)

Todo comenzó durante la representación número 46 de El señor de los anillos de Saturnia, la obra que el grupo Los ZaparrastroSOS presentaba en el Teatro Bajos de Saturnia. Intempestivamente, durante un silencio en el hilarante monólogo de Juanete Saldívar, alguien en la platea gritó “¡Toblerone facho!”. La cosa no hubiera pasado a mayores de no haber sido porque la sala entera estalló en una cerrada ovación, y hasta Saldívar, saliéndose un instante de su rutina, hizo una leve inclinación que festejó la ocurrencia. La función continuó y terminó sin mayores incidentes, pero Carlos Saúl Aristigoza se quedó mascando bronca. Aristigoza odiaba el teatro satírico y a Los ZaparrastroSOS en particular, pero quien era en esos días depositaria de sus intereses románticos amaba esa clase de expresiones artísticas. Eso no impidió que, al día siguiente, Carlos Saúl pidiera una reunión urgente con su superior inmediato.

El superior inmediato de Aristigoza era Jefe de Asesores del Asesor Principal del Edecán Principal de la Jefatura de Estado Mayor del Secretario Privado de Luis Delgado Castillos, Jefe Supremo de la Policía Urbana de Nueva Saturnia. La longitud de semejante cadena de mandos sólo podía sugerir una interminable burocracia, pero el tenor de lo que Aristigoza tenía para contar hizo que el relato llegara rápidamente al despacho de Delgado Castillos. Delgado (a quien sólo algunos atrevidos se referían como “el Flaquito”) se reunió de inmediato con el ingeniero Toblerone.

Al día siguiente, en concurrida conferencia de prensa, el Jefe de Gobierno se mostró adusto y dolido por lo que era, según se explayó, “una peligrosa desestabilización de la paz social, una búsqueda de demolición de las instituciones a través de una insidiosa acción que se pretende cultural”, y anunció la creación de una nueva División en la ya poblada estructura de la Policía Urbana. Según indicó Toblerone, La BOLuDAC (Brigada Operativa de Lucha contra Deformaciones y Anomalías Culturales) velaría de allí en más por el normal desarrollo de las actividades artísticas, en busca de evitar “el uso de la cultura como elemento subversivo de la ley y el orden”.

Al principio nadie pareció tomar demasiado en serio la iniciativa. Sólo los jefazos del Comando Barredor de Neanderthales Indeseables (CoBaNI) se comunicaron con Toblerone pare expresarle su desagrado, bajo el argumento de que ellos bien podían cubrir las necesidades de persuasión cultural con algunas horas extra, pero el jefe de Gobierno les explicó que ésta sería una tarea más sutil, menos necesitada del garrote y en horarios más tempraneros que los que acostumbraba gastar el CoBaNI. Claro que las primeras acciones de la BOLuDAC desmintieron de plano el argumento: poco después de que una nube de Gamexane interrumpiera la función sabatina de Los ZaparrastroSOS, Juanete Saldívar apareció al pie de la escalera del edificio donde vivía, con una pierna y ambos brazos fracturados. Lívido, el actor señaló que había tropezado con un jabón que alguien había olvidado en el rellano, para luego indicar que no haría más declaraciones, y que tenía planes de abandonar la actuación para atender un parripollo en la vecina República Argentina.

Un legislador de la oposición quiso presentar un pedido de informes, pero no consiguió quórum.

Ante un llamado de atención de Delgado Castillos, la Brigada optó por métodos menos explosivos. Es que el incendio de la Cooperativa Artistas Sin Mordazas llegó incluso a un recuadrito en el diario de mayor circulación de República Saturnina, donde se hablaba de un “siniestro quizás dudoso”: por eso, la BOLuDAC entrenó a un grupo de Sérpicos que, con barba y cabello crecidos, oliendo a pachuli y utilizando términos propios del fumador de marihuana, se encubrían en las funciones teatrales, en cineclubes y mesas debate sobre el estado de la cultura en la ciudad, para marcar a personajes peligrosos que, misteriosamente, iban anunciando sus intenciones de pasar del arte y consagrarse al diseño de indumentaria, las clases de origami, el yoga místico o la recolección de estampillas.

A pesar de ello, algunos creadores no se amilanaban. En la ciudad comenzaron a brotar espectáculos que denunciaban el accionar de la Brigada y los grupos de rock mostraron una nueva vena poética que ridiculizaba a los muchachos de Delgado Castillos. La respuesta no se hizo esperar: una ordenanza del recientemente creado Ministerio de Contralor de Lugares Públicos y No Tanto dio amplia potestad a inspectores que, con el argumento de medio decibel por encima de lo razonable, uso de la cultura como elemento subversivo o mal aspecto de los intérpretes, podía clausurar el lugar sin derecho a pataleo. Aduciendo que el Gobierno de Nueva Saturnia andaba escaso de fondos, el Ingeniero Toblerone conformó ese equipo de inspectores con agentes de la BOLuDAC. “Jugada maestra, jefe”, dijo Aristigoza, el primero que se había anotado en la Brigada.

El legislador de la oposición volvió a reclamar que se interpelara a Delgado Castillos, sin éxito. Al día siguiente rodó accidentalmente por las escaleras de su casa.

En los días siguientes, la BOLuDAC provocó una avalancha de brindis en la Casa de Gobierno de Nueva Saturnia. Los agentes intimidaban con su sola presencia al público, que se abstenía de aplaudir pasajes de obras o canciones que criticaran a Toblerone, Delgado Castillos o la Policía Urbana; ante la falta de respuesta, y ante la aparición de sugestivos stencils en forma de escalera en las puertas de las salas, los artistas comenzaron a dejar esos pasajes o canciones fuera del repertorio. En los kioscos de revistas y librerías desaparecían misteriosamente las publicaciones de tono crítico. A veces surgían disputas entre la policía cultural y el CoBaNI para ver quién les pegaba primero a los artistas callejeros, pero hasta esa disputa servía para ejercer un doble efecto de disuasión sobre los subversivos de la cultura: Toblerone dio una conferencia de prensa en la que se ufanó del modo en que “esos elementos antes disolventes ahora se reinsertan en la sociedad productiva”.

Entonces estalló el escándalo de las escuchas. Según determinaron los cruzamientos tecnológicos, Julio Bond, mano derecha de Delgado Castillos, había procedido a pinchar los teléfonos de escritores, guionistas radiales y televisivos, músicos, actores y dramaturgos, para anticipar sus movimientos y “liquidar el problema desde la raíz”, según señalaba en un memo interno que también se dio a conocer. El plan de Bond era aún más ambicioso, ya que tenía listo un nuevo equipo de Sérpicos que, encubiertos en productoras, grupos musicales y compañías teatrales, se encargarían de generar una “nueva cultura”, más limpia, más sana, más tobleronista.

Toblerone no perdió tiempo: “Aquí hay una opereta de infiltración”, dijo ante una multitud de periodistas. “No conozco a ese señor, nunca trabajó en la Policía Urbana ni en ninguna dependencia de mi gobierno, nunca di autorización a intervenciones telefónicas, esto es obra de oscuros personajes que quieren afectar el normal funcionamiento de la Policía Urbana y ensuciar el buen nombre del señor Delgado Castillos, un hombre de intachable conducta y reputación”.

En medio de tanta agitación, un periodista se atrevió a preguntar cómo se explicaba la fotografía que mostraba a Julio Bond en un café cercano al Centro Cultural de los Monjes Recoletos, en amena charla con Delgado Castillos “y un tal Aristigoza”. “Conozco a los de su clase, de los que quieren trepar demasiado rápido”, retrucó Toblerone. “Tenga cuidado, no vaya a tropezar.”

Y, tras anunciar un incremento del 30 por ciento en el presupuesto de la BOLuDAC, dio por terminado el encuentro.

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17.10.09 

Mamarla

(Publicada hoy en Página/12)

ADVERTENCIA: la siguiente columna puede contener lenguaje explícito.

La banda se llama De Bueyes, y su flamante disco debut se titula Más que una yunta. Se los reconocerá mejor si se dice que son “la Bersuit menos Gustavo Cordera y Juan Subirá”, pero obviamente ellos están tratando de abrir su camino sin tener que mencionar a viejos compañeros. Lo llamativo es el sticker que adorna el disco editado por Sony Music, y que reza “ADVERTENCIA: Algunas canciones pueden contener expresiones de lenguaje explícito”. El gesto de mojigatería resulta llamativo. A mediados de los ’80, Tipper Gore tuvo que esforzarse en el lobby político de Estados Unidos, conseguir audiencias en el Senado, apelar a los contactos e influencias de su marido Al Gore (reciente visitante de la Argentina, ganador de un Oscar y un Nobel, impulsor años después de aquel lobby de un gran festival de rock de conciencia ecológica), para conseguir que en Estados Unidos se implementara el malhadado sticker “Parental Advisory: Explicit Lyrics”. Aquí no hubo ningún debate, y si lo hubo no tomó estado público. No hubo declaraciones de políticos preocupados por las mentes jóvenes, ni un Frank Zappa o un Dee Snyder que saliera a defender su derecho a componer lo que se le cante sin que un poder superior lo califique. Como en el Primer Mundo, ya tenemos venta digital, MusicPass y tipper stickers que advierten a la población sobre el peligro de ciertos productos musicales.

La apreciación viene a cuento de una semana en la que, de manera inevitable, la sanción de la nueva y necesaria ley de Servicios de Comunicación Audiovisual quedó eclipsada por el tema que desvela a millones en este futbolero país: la trabajosa marcha de la Selección Argentina al Mundial de Sudáfrica. Las épicas noches del Monumental y el Centenario produjeron el resultado deseado, pero también levantaron tsunamis mediáticos. En eso, claro, tuvo mucho que ver el DT, que no tuvo mejor idea que festejar la clasificación en Pato Fontanet style, mandando –repetidamente– a mamarla a quienes lo criticaron por la inocultable abulia del equipo. En vista de lo sucedido, quizás alguien debería considerar la posibilidad de colgar en la sala de conferencias de los estadios un cartel con la frase “ADVERTENCIA: algunas declaraciones pueden contener lenguaje explícito”, poner en conocimiento del estimado público que puede suceder que un entrenador sugiera que los periodistas andan con un miembro viril insertado en el recto.

Asombrarse por los brotes barrabrava del Diego es inocente o hipócrita: el Diez nunca fue un tipo medido, en su verba inflamada pueden encontrarse genialidades referidas a la rapidez de ciertas tortugas o la malicia de quienes le sustraen la leche al gato, pero también brutalidades impresentables, o actos como el de disparar un rifle de aire comprimido contra una delegación de prensa. En todo caso, lo que sorprende es la falta de grandeza de un tipo que fue tan grande: en vez de adoptar una postura de triunfalismo moderadamente sobrador, Maradona, nada menos que el responsable del equipo que vestirá de celeste y blanco en Sudáfrica, alguna vez embajador de oficio, se puso el traje de cavernícola para la cadena nacional del pospartido.

Bien lo dijo la Bruja Verón, que acostumbra medir las palabras aun cuando se lo nota recaliente: no hay nada que festejar, apenas un desahogo. Pero en República Maradonia el desahogo no sabe de sutilezas.

No es culpa exclusiva del Diego. Su actitud y sus palabras sin sticker tras el encuentro con Uruguay contradicen la noble apreciación de que “la pelota no se mancha” (¿no se embadurna la redonda hablando de chupar pijas tras un match futbolístico?), pero forman parte del desnaturalizado juego de exposición mediática del once contra once. Los contratos millonarios, los escándalos administrativos, las botineras, la instalación de personajes del fútbol en programas de chimentos, la necesidad periodística de alimentar a un numeroso público ávido de informaciones –o suposiciones– deportivas, las despreciables operetas que a veces montan periodistas de alta exposición (y sería injusto incluir a Toti Pasman en ese grupo) preparan el escenario para que el DT de los DTs elija hablar como un actor porno o un hooligan convencido de tener la poronga más grande del planeta.

El fútbol vive de salvajada en salvajada. Es una utopía pretender que sea Diego Armando Maradona, justo él, quien venga a poner una nota de sensatez.

* * * *

Apenas unos minutos después del partido, en las pantallas de TV hubo un producto que tomó la delantera, hizo sonar la campana de largada de un aquelarre conocido: el aviso de un vino blanco que busca disputarle un lugar a la cerveza como bebida joven dio las instrucciones para participar por un viaje a Sudáfrica. Fue una muestra gratis del suspiro de alivio que, mientras Bolatti mandaba la bocha al fondo de la red uruguaya, sonó en las oficinas de infinidad de empresas que tienen en la Copa del Mundo una fuente nada desdeñable de negocios.

Es una suerte de contrapeso de la lógica alegría por disputar el torneo más importante del balompié, la expectación por ese fixture en el bolsillo y la consecuente programación de modos y situaciones para seguir los partidos. A medida que se acerca la fecha, la tele, la radio, los diarios, viven un potente reverdecer de la pauta publicitaria. Todo producto, hasta una crema antihemorroidal (para seguir en tema, lo que les recomendaría Maradona a los periodistas), es pasible de ser vehículo de la promo por un viaje a Sudáfrica. Empiezan a aflorar las publicidades genéricas, algunas realmente ingeniosas y que da gusto ver –hasta que, a la repetición número mil, ya no dan ningún gusto–, otras de medio pelo y otras sencillamente inaguantables, por mala factura o incoherencia, por traídas de los pelos o por la falsedad ideológica de un patrioterismo rancio. Y eso sin contar la paciencia que exigen propuestas como “Juntá quichicientas tapitas de Diego Cola, llená el álbum, canjealo por un pin y mandá un SMS de 1,50 más IVA para participar por el sorteo de una popular para Suiza-Honduras”.

Y es sólo la cáscara del asunto. Corea-Japón, tan lejos, tan de trasnoche, tan caro con el país hundido en un abismo de crisis, fue un respiro a la batería de programas, emisiones especiales, micros informativos, entrevistas, filmaciones de una práctica borrosa detrás de un muro electrificado, jugadores con gorrita sponsorizada y análisis, análisis y más análisis, periodistas, jugadores que no entraron en los 22 pero “conocen el grupo”, técnicos en actividad, ex jugadores y ex técnicos devenidos periodistas, estrellas de la sexta división, lo que sea, lo que haya y lo que se consiga, y de ser posible un Sanfilippo que garantice dos o tres bombas por programa. El Canal del Mundial. La Señal del Mundial. Los Sponsors del Mundial. La Radio del Mundial. El Sitio Web, el Blog, el Tweet, el Facebook del Mundial. Comprá en el Supermercado del Mundial, podés ganarte las canilleras de Verón.

Y claro, el altar a la tecnología, la presentación con bombos y platillos del UltraMegaTelebeam Slow Motion capaz de informarnos que el nueve no sólo estaba cuatro centímetros en offside sino que además olvidó lavarse los dientes antes de saltar a la cancha. Y el sonsonete de relatores y comentaristas que repiten “el equipo A no encuentra la pelota, está mal parado en el campo, sus delanteros no bajan a buscarla, los volantes no vuelven”, y de pronto el equipo A mete un gol y se los escucha largar “como veníamos diciendo, el equipo A estaba mejorando su posición en la cancha”...

Todo ello aderezado con una clase de éxtasis y sufrimiento que sólo el fútbol puede deparar.

Se viene la Copa del Mundo: a disfrutarla. Se viene la Copa del Mundo: a sufrirla. O, como diría el elegante pensador argentino Diego Armando Maradona: a mamarla.

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15.10.09 

Rock and roll del país

(Publicada hoy en Página/12, dentro de la producción por el partido Argentina-Uruguay)

La pregunta fue formulada por el colega Pablo Vignone: Y si esto fuera un recital, ¿quién estaría tocando? Corrían 43 minutos del anodino primer tiempo, y la respuesta la aportó Roque Casciero: Keane. La alegoría era exacta. Salvo algún tobillo maltratado más por torpeza que por real malicia, el encuentro entre argentinos y uruguayos era como esas canciones que no merecen ser defenestradas, pero de todos modos andan bien lejos del área. Nada hacía prever ese pogo final, el rock and roll del país amargando –pero no tanto, que al cabo el repechaje parece accesible– a la noble murga celeste. En ello tuvo mucho que ver Mario Bolatti, el que nadie esperaba, una suerte de Brian Johnson que entró en el grupo cuando nadie daba dos guitas por él y lo terminó llevando a la gloria, con una definición exquisita, como si siempre hubiera jugado de eso.

Atrás quedaban las demás alegorías. El deseo de que el partido, como un show de los Ramones, durara apenas 55 minutos, palo y a la bolsa y a pensar en Sudáfrica. Que este Messi sin camiseta blaugrana es como John Deacon: toca bien, se sabe que tiene una enorme habilidad, pero es tan inexpresivo como un poste de luz. Que Cáceres, el 3 uruguayo, decidió encarnar la más virulenta expresión de la garra charrúa y, como Lars Ulrich o John Bonham, empezó a repartir golpes, redobles, palazos, y en sólo seis minutos –de los 77 a los 83– consiguió que le mostraran la roja. Justo en el medio de ese lapso, su compañero Scotti no quiso ser menos, y supo hachar a un argentino con la violencia de un Pete Townshend reventando la guitarra contra el tablado. Ajeno a tanto hardcore, Demichelis parecía Prince, capaz de tocar 32 instrumentos, cantar afinadamente y no perder nunca el tempo: lo que todavía no puede volver a hacer Mascherano –ese Mick Jagger del mediocampo– lo hizo el Micho en un segundo tiempo casi perfecto.

En el final, Argentina durmió el asunto desenchufando todos los equipos, esperó los bises poniendo unplugged a los uruguayos y en especial al Loco Abreu, que entró para tratar de pescar alguna pero no pudo superar su crisis de identidad: el hombre ha integrado tantos y tantos grupos que ya no sabe quiénes son sus compañeros ni qué música hay que tocar. Al cabo, el representante de la banda, ese gordito que ha sabido ocupar el escenario como nadie, se llevó las últimas fotos. Y, como suele sucederles a los músicos, no pudo evitar que al lado apareciera el plomo de ocasión, eso que en el medio rockero se conoce como monitor, a abrazarse para la foto.

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14.10.09 

El síndrome del Beto Acosta

(Publicada hoy en Página/12)

No es justo. La frase viene una y otra vez, es lo que podría decírsele a alguno de los pilotos del Cadillac modelo ’09 en caso de cruzárselos por la calle. No es justo que ahora, cuando el Satánico Pop Tour los deja en una cumbre de performance, con el sonido y el groove afiladísimos, Los Fabulosos Cadillacs vuelvan a hablar de una pausa. Como unos Francescoli de la música (aunque, teniendo en cuenta dónde está el corazón de Vicentico y Sergio Rotman, debería hablarse de unos Beto Acosta), los Cadillacs se corren de la escena con el músculo intacto, veteranos que conocen la jugada justa. Y dejan una contundente prueba de ello: El arte de la elegancia de LFC.

Como sucedió el año pasado con La luz del ritmo, todo posible debate sobre los valores de un disco de versiones se diluye con la primera canción. Basta dejarse contagiar por la apertura de “Contrabando de amor” (originalmente registrada en El satánico Dr. Cadillac de hace veinte años): “Esta música rompe mis pies”, vuelve a cantar Vicentico, y la frescura y potencia de esta nueva versión invitan a zambullirse en el disco de los Cadillacs con la alegría de lo nuevo. Precisos, sueltos, ciertamente elegantes, el cantante, Flavio, Sergio Rotman, Mario Siperman, Fernando Ricciardi, Daniel Lozano y los invitados Hugo Lobo, Gustavo Martelli y Matías Brunel abordan esta segunda parte discográfica del regreso con elecciones arriesgadas y acertadas. Esquivando con deliberación el hit tribunero, la banda saca del archivo oscuras perlas de El satánico..., El ritmo mundial, Volumen 5, El león, La marcha del golazo solitario y Fabulosos calavera, ofrece un cover de “Move on up” de Curtis Mayfield (“Vamos ya!”) y dos títulos nuevos a cargo de Cianciarulo. Y en cuanto termina “Más solo que la noche anterior” y su track oculto (la pista de voz de “Siempre me hablaste de ella”), surgen las ganas de un replay.

Es que en el disco –y en el DVD que los muestra tocando en el fastuoso estudio puntano Casa de la Música–, la banda recorre facetas disfrutables y renovadoras de su archivo. Valen como ejemplos esa arrastrada “CJ” donde la guitarra surf de Adrián “Big Papu” Castinieira (de Los Kahunas) agrega un clima irresistible. O “Tan grande como un dios” en plan de febril disco-ska, cuyo estribillo invita a una cabalgata salvaje con el brazo en alto. O el caliente groove que se desprende de pasajes como “Siempre me hablaste de ella” o el cover de Mayfield, donde parece concentrarse ese concepto de elegancia que va más allá del arte de Marta Minujin: meterse con el funk negro no es moco e’pavo, exige una confianza y una ductilidad que a estos Cadillacs les resulta natural, años de conocimiento y el intenso deporte que significó esta gira continental de estadios llenos.

“Lanzallamas” y “Siete jinetes”, las canciones flamantes, agregan espesor, demuestran que si el grupo se lo propusiera podría sacar sin problemas un álbum de material nuevo que tendría todo lo que debe tener. Pero, ya se ha dicho, el conflicto con El arte de la elegancia no es ése. Con estos once tracks, vengan de donde provengan, la banda que algunos quisieron sentenciar a un lugar efímero en la escena argentina se pone sus mejores trapos, los luce con hidalguía y después, como si nada, se va a tomar otra pausa. No es justo.

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10.10.09 

8.10.09 

Equipos en la cancha

Hagamos un simple ejercicio.

Gente a favor de la Ley de Servicios de Comunicación audiovisual:

Leonardo Favio, Adolfo Aristarain, Luis Puenzo, Federico Luppi, Víctor Hugo Morales, Soledad Villamil, Lola Berthet, Patricio Contreras, Roberto Carnaghi, Fernando Spiner, Daniel Burman, Adriana Varela, Lita Stantic, Roberto “Tito” Cossa, David Blaustein, Marcelo Piñeyro, Lito Cruz, Lorenzo Quinteros, José María Muscari, Willy Quiroga, Adolfo Pérez Esquivel, Federico Gil Solá, etcétera, etcétera.

Gente en contra de la Ley de Servicios de Comunicación audiovisual:

Mauricio Macri, Carlos Menem, Julio César Cleto Cobos, Alfredo De Angeli, Sergio Bergman, Adolfo y Alberto Rodríguez Saá, Lilita Carrió, Mariano Grondona, Marcelo Bonelli, Gustavo Silvestre, Luis Majul, Joaquín Morales Solá, Héctor Magnetto, Ernestina Herrera de Noble, Daniel Vila, José Luis Manzano, Felipe Solá, la inexistente Fundación Valores para el Bien Público, etcétera, etcétera.

Y vos, ¿en qué grupo estás?

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6.10.09 

Libre opinión

Señores representantes del "campo": el juego democrático hace que puedan expresar libremente su opinión sobre lo que sea, incluso en temas que no tienen mayor relación con vuestra actividad específica, como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Está muy bien que lo hagan. Ahora, una vez que lo han hecho, pueden tomar esa opinión e introducirla suavemente por vuestro conducto rectal.

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5.10.09 

Un puente sobre todos los abismos

(Dani, es demasiado hermoso para no tomarlo prestado)


(Publicada hoy en Página/12, como parte de la producción sobre Mercedes Sosa)

Hace ya varios años, la broma se volvió usual entre los periodistas dedicados al rock: imaginar nuevos covers en la voz de Mercedes Sosa, a cual más delirante. Suponer cómo sonaría “Uno, dos, ultraviolento” de Los Violadores o “Resaca” de Fito Páez, o “Destrucción” de V8. Pero no eran chistes crueles, no se buscaba ridiculizar la figura de la folklorista. Aun un gremio tan irreverente como el de la guitarra eléctrica hacía esos chistes desde un lugar de respeto. La Negra se ganó ese respeto porque la fuerza de sus convicciones la llevó a desactivar un prejuicio que parecía indestructible, la barrera infranqueable que el folklore establecía con los nuevos representantes de lo popular. Antes de Mercedes, el sindicato del bombo legüero consideraba al rock como un enemigo extranjerizante, que sostenía principios estéticos y artísticos que menoscaban la identidad nacional. Había muy pocos ejemplos de acercamiento. Mercedes, que supo de persecuciones, prefirió extender su mano, reconocerle a esa otra música un valor y un poder de enseñanza. Y con ello cambió la historia.

El efecto fue, además, recíproco. Si para músicos como Horacio Guarany o Alfredo Abalos el rock era poco menos que el demonio, para los pelilargos el folklore era una expresión apolillada y cabezadura. Mercedes hizo que ambos terrenos artísticos dejaran de estar separados por alambre de púas, demostró que un escenario no tiene por qué ser lugar de contiendas, que podía ser ambiente de encuentro, comunión y comprensión para estilos musicales que muchos querían obligar a seguir siendo agua y aceite. Se fundió en un abrazo sincero con Charly, con Fito, con León; su voz maravillosa le dio otro color y otro significado a la lírica del rock, al que quiso reconocer como otra forma de folklore.

Con ese mero hecho, realizado no por cálculo sino por simple amor, Mercedes Sosa convirtió la música popular argentina en un campo mucho más fértil. Desde entonces, nadie cometió la torpeza de acusar a Gieco de vestir dos camisetas, a ningún rockero se le ocurrió mirar torcido a Divididos por el chacareggae de La era de la boludez, que el mismo Iorio de expresara su admiración por V8Larralde no fue interpretado como esquizofrenia grave, a nadie le asombra hoy la existencia de grupos como Arbolito, Tremor o Doña María. Generosa y apasionada, La Negra supo tender un puente mucho más sólido que las desconfianzas del pasado. Será por eso que el luto de hoy no reconoce fronteras.

En esta edición de Página/12, todos –los que escriben, los que fotografían, los que hablan, los que acompañan– intentamos un imposible, el de hacer justicia a la memoria de una cantora mayúscula, la voz que tendió un puente sencillamente universal.

Los artistas se van, eso no tiene remedio. Pero el arte se queda a vivir para siempre.

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4.10.09 

El efecto de morirse

Adiós, Mercedes. Hasta los hijos de puta que en los '70 te consideraban una comunista peligrosa hoy te van a saludar.

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3.10.09 

Subtítulos

(Publicada hoy en Página/12)

Hace algunos días, el diario inglés The Independent dio cuenta de una curiosa polémica: los productores de la serie televisiva The Wire protestaban porque el hecho de que los espectadores británicos vieran el programa con subtítulos le restaba potencia al producto. Extraño asunto: como corresponde a una ficción producida en Estados Unidos, The Wire está hablada en inglés. Pero no es, ciertamente, la lengua de Shakespeare: el artículo citaba declaraciones de gente del medio televisivo y del público en general que confesaba su frustración frente a diálogos sencillamente incomprensibles. Incluso Dominic West, quien interpreta al detective Jimmy McNulty, confesaba que él mismo perdía a veces el hilo de algunos diálogos. Es que, sobre todo en una primera temporada centrada en la pulseada entre la policía y las bandas de narcotraficantes negros de Baltimore, y una segunda que pone el foco en los trabajadores portuarios, la notable serie producida por HBO parece efectivamente hablada en un dialecto que no es inglés británico ni americano. Es un slang indescifrable: es wirés.

No debe haber muchos ejemplos de obras que obligan a leer subtítulos, aun a quienes supuestamente dominan el idioma. Y eso amerita detenerse en las particularidades de las líneas al pie de pantalla.

* * * *

Tienen razón los muchachos de The Wire: el subtítulo es una anomalía, un mal necesario, una distracción. Por más que el cerebro sepa reconocer una palabra completa apenas se identifican las primeras letras, ver y leer una película implica un esfuerzo doble. El amante del cine hace ese esfuerzo con gusto, pero hay públicos a los que les cuesta adaptarse a la idea. Los ejemplos más claros son el estadounidense, donde sólo supertanques como Amélie vencen la inercia y la vagancia del espectador promedio, y el español, que acostumbra ver las películas dobladas aunque produzcan deformidades como Bruce Willis con acento andaluz. No hay director en la historia que haya podido resolver esa intromisión en la obra, ese elemento ajeno que conspira contra el efecto cabal de lo que ha filmado. Y aun los más cuidadosos quedan expuestos a la tiranía del traductor.

(Fuera de la sala de cine, los traductores de la industria discográfica argentina hicieron estragos inolvidables, como subtitular “Helter Skelter” como “A troche y moche” o “Please, Please me” como “Por favor, por favor yo”.)

En el caso de las traducciones desmañadas, la interferencia de las leyendas al pie pesa el triple: quienes dominan el inglés, o el francés, o el italiano, pueden perder definitivamente el hilo de la concentración para refunfuñar, una y otra vez a lo largo del metraje, “eh, no dijo eso”. Lo cual lleva a preguntarse si en estas tierras no habrá una gran confusión con respecto al Dogma danés, el cine iraní, los rusos que parecen avanzar a cámara lenta o las avanzadas del Sol Naciente, de lenguajes tan imposibles de dilucidar. ¿Y si no entendimos un pomo por obra y (des)gracia del subtitulado? ¿No será ése el origen del célebre malentendido que atribuye a Humphrey Bogart un “Tócala de nuevo, Sam” que nunca pronunció en Casablanca?

En eso, como en tantas otras cosas, los niños son más felices. Para ellos es el alegre disfrute de films en los que pueden zambullirse sin ataduras, un universo perfecto en el que los personajes de Walt Disney hablan su lengua (salvo el Pato Donald, que siempre habló en algo que no se sabe bien qué es). Y no queda más remedio que someterse a esas reglas: cuando un padre, seducido por las estrellas encargadas de darles voz a personajes animados, lleva al crío a la “versión subtitulada”, estará descendiendo al quinto infierno de las voces que en la oscuridad repiten los subtítulos para niños aún no entrenados en el arte de ver y leer.

A veces uno preferiría seguir viendo películas mudas.

* * * *

Y sin embargo, no es posible dejarse llevar por el delirio de pedir un mundo sin subtítulos. Mal que nos pese, el esperanto fue un fracaso y el mundo viene subtitulado. Como The Wire para los ingleses, la leyenda al pie aparece incluso cuando supuestamente no la necesitamos, con todas las distorsiones que eso provoca. Ya se ha hablado aquí del curioso arte del videograph (el zócalo, en la jerga de TV), pero en los últimos días ese arte expandió sus fronteras en el universo paralelo que generan la señal TN, América o el diario Clarín cuando se habla de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, subtitulada con el mismo rigor que aquellas canciones de The Beatles. El jueves, la pantalla de Crónica TV tuvo casi todo el día una caja de texto con la frase “Mercedes Sosa está muy grave”; el subtítulo era comprensible, pero hubiera sido más criterioso quitarlo cuando se emitían informaciones desde el Mercado de Hacienda.

En sus últimas dos presentaciones en la Argentina, Laurie Anderson debió recurrir al subtítulo en vivo. En el caso de la artista estadounidense, el recurso es ineludible: en 1990, en ocasión de su primera visita, cuando presentó Strange Angels, Laurie se tomó el enorme trabajo de aprenderse la fonética castellana para los textos entre canciones, pero la profundidad y los matices idiomáticos de presentaciones como The End of the Moon exigieron al espectador el esfuerzo de escuchar y leer. Sólo las puestas de óperas clásicas pueden darse el lujo de confiar en el conocimiento que el público ya tiene del libreto.

Llevado al absurdo, el subtítulo es una omnipresencia cotidiana. Las calles tienen subtítulos. Los ascensores los tienen. Los colectivos, los comercios, los menúes de restaurante (“finas lonjas de lomo de ternera sazonado, sobre delicado mezclum de hojas verdes...”), las fotos de diarios y revistas –eso llamado “epígrafe”– los tienen. Los programas de humor a veces apelan al recurso, como aquel fabuloso sketch de Peter Capusotto y sus videos en el que el tío Keith Richards contaba chistes verdes. Algunas personas, algunos discursos, algunas instalaciones plásticas, algunas discusiones de pareja, deberían venir con subtítulos. Uno de los nombres más llamativos del rock reciente, El Mató a un Policía Motorizado, nació de una velada en la que, entre vahos de alcohol, los músicos encontraron en un subtítulo el apelativo ideal para su banda. Una de las frases más célebres del séptimo arte es, en rigor, un subtítulo: Basado en una historia real.

Entonces uno termina pensando en el programa que mañana, con la conducción de Juan Sasturain, arranca su nueva temporada por Telefe. Y mientras espera en la cola, se da cuenta de que al final uno no sólo va al cine, sino que va a ver para leer.

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1.10.09 

Carteles


Está bien, lo tienen puesto todo el tiempo. Pero, ¿no podrían sacar ese cartel cuando emiten información sobre vacas?

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29.9.09 

Ilegítimos

De la (muy recomendable) nota de Mario Wainfeld del domingo:



Legitimidad y legalidad. La ilegitimidad de la actual composición del Parlamento, otra acusación en boga, amerita asimismo una mirada retrospectiva. El especialista en Comunicaciones Guillermo Mastrini encontró un ejemplo comparativo bien pertinente, que está posteado en el blog seminariogargarella.blogs pot.com. Evoca Mastrini: “En agosto de 1989, luego de la caída del alfonsinismo, pero antes de que asumieran los diputados electos, el Parlamento aprobó las leyes de Emergencia Económica y de Reforma del Estado, conocidas como leyes Dromi. En uno de sus artículos se eliminaba el impedimento para que los dueños de medios gráficos pudieran ser licenciatarios de medios de radiodifusión. A partir de dicha modificación pudo constituirse el grupo Clarín. De esta forma, no sería arriesgado señalar que de sancionarse la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual tendría la misma legitimidad de origen que todos los grupos multimedia que existen en Argentina. Salvo que se utilice un criterio cuando el proceso favorece y otro cuando perjudica”. Ajá.


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28.9.09 

Invitación


(Gracias Marcelo Gobello por la foto)

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26.9.09 

El jardín de los presentes

(Publicada hoy en Página/12)

Hace algunos años, el rumor habría sido desestimado de inmediato. Ante la frase “Spinetta va a tocar en Vélez con compañeros de toda la vida, va a hacer temas de toda su carrera”, hasta el más ilusionado de los fans habría enarcado las cejas con incredulidad. Es que hubo una etapa en la que el Flaco se ciñó estrictamente a su actualidad. No es que estuviera “peleado” con su historia o estuviera preso de su frase “mañana es mejor”: su presente artístico siempre tuvo la potencia necesaria para alimentar el setlist. Esa decisión robusteció el deporte de los pedidores de temas, a quienes Spinetta supo dedicarles frases memorables o simples miradas que lo decían todo. El año pasado, incluso Diego Capusotto registró el fenómeno para darle vida a ese personaje que arrancaba con “Flaco, tocá ‘Muchacha’” y terminaba gritándole a un tipo en un bar “¡Medialunas de grasa, pedí medialunas de grasa!”. En esos tiempos, las escasas veces que sonaba una vieja canción se atesoraban en la memoria como un raro evento.

Una parte de la ecuación no ha cambiado: Luis Alberto sigue teniendo un presente fecundo, compone canciones tan vitales como las que integran Un mañana. Pero, cuando a comienzos de este mes comenzó a rebotar la versión de que “se viene un regreso de Invisible”, ya no hubo tanta incredulidad. Esta semana la bola fue un poco más allá, y aunque Spinetta aún no ha dicho esta guitarra es mía, el chequeo de tres fuentes diferentes permite afirmar que sí, es cierto: el Flaco tocará en Vélez el 4 de diciembre, en una noche que, por obra y gracia de cuestiones relacionadas con el calendario, propiciará reencuentros varios y un repaso histórico que, faltando casi tres meses, ya eriza la piel del spinettófilo. Para decirlo de modo algo más coloquial: se nos cae la baba de solo pensarlo.

Hace cuarenta años, Spinetta, Rodolfo García, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio le dieron forma a un disco fundamental en la historia del rock argentino, clásico de clásicos, una obra que aún hoy suena fresca, sin mella, impactante por la belleza de sus canciones y las firmes convicciones de cuatro músicos tan jóvenes como maduros a la hora de expresar sus urgencias creativas. Siempre identificado como el primero de Almendra, el del tipo de la lágrima y la sopapa en la cabeza, fue un faro y el puntapié inicial de una carrera comprometida en primerísimo lugar con el compromiso artístico. De allí en más, Spinetta se dedicó a explorar múltiples maneras de hacer música, encabezando proyectos como Pescado Rabioso, Invisible, Jade, Los Socios del Desierto o los diferentes envases instrumentales adoptados bajo su nombre propio. Este cronista debe confesar que la obra de Luis, con la que se cruzó a edad bien temprana, es una de las razones por las que terminó dedicado al periodismo musical. Con el tiempo, poder compartir con los lectores análisis y sensaciones surgidas de recitales y discos supuso una satisfacción especial, que se funda en un hecho central: en treinta años de seguirlo arriba del escenario o por la vía grabada, Spinetta nunca defraudó. Ningún calificativo celebratorio resultó exagerado. Cada encuentro renovó un vínculo especial; mientras el costado-fan disfrutaba de manera subjetiva, el periodístico celebraba que aun desde la obligatoria objetividad el Flaco seguía siendo un artista a destacar. En este caso, la esquizofrenia conducía a una misma conclusión.

Que esta vez no hubiera incredulidad frente a ese radiopasillo no es casual. Nadie piensa que es descabellada la recurrente mención de históricos como Machi Rufino, Pomo, Rodolfo García o hasta David Lebon. Y al cabo, que Spinetta se permita y regale a su público una noche revisionista no es en absoluto una contradicción ni un cambio de opinión. En rigor, es natural. No sólo por la redondez del aniversario de Almendra o los sesenta años del músico (si vamos al caso, la carrera de Spinetta ofrece una multitud de mojones para ponerles velita de cumpleaños), sino porque los shows de los últimos años denunciaron otra actitud con respecto a su archivo. Uno podría autoplagiarse y refritar frases, pero será mejor la honestidad: el 23 de noviembre de 2002, quien esto escribe publicó aquí la crónica del concierto que, bajo el subtítulo Electroacustik, Spinetta había dado dos días antes en el Teatro Coliseo. El siguiente extracto da una idea de que la apertura de los libros de la buena memoria no es cosa exclusiva de este aniversario.

* * * *

¿Qué es lo que hace tan vital a Spinetta, un hombre que ha recorrido más de tres décadas de historia musical argentina entregando obras mayores en una infinidad de estilos y variantes? Ante todo, su delicada y apasionada entrega al arte de la música y la lírica. Luis Alberto ha tocado solo, con dúos, power tríos y tríos de fusión, agrupaciones que experimentaron con lo jazzero, latidos acústicos y electroshocks violentos. El respeto hacia sí mismo, sus músicos y su público –un público que, por añadidura, a veces se vuelve irritante en sus expresiones de devoción– es seguramente lo que lo mantiene íntegro. Pero aun así resulta asombroso que desempolve un diamante de Almendra como “Para ir” y su voz luzca intacta, y siga erizando la piel. Spinetta está entero cuando canta eso y cuando canta “Su amor allí”, un estreno con el que abrió esta serie Electroacustik, y eso lo define: el pasado y el futuro se dan la mano, y todo brilla bajo la media sonrisa de ese artista que nunca quiso saber nada con el bronce, pero se empeña en seguir escribiendo páginas que lo ameritan.

El espectáculo con el que el Flaco está cerrando este año tormentoso tuvo un debut para la historia. Fue en septiembre y nada menos que en el Teatro Colón, una tarde-noche mágica en la que comenzaron a descubrirse las sutilezas de la nueva formación instrumental. Apoyándose en la artillería de teclas de Claudio Cardone y el Mono Fontana, con Javier Malosetti dibujando casi en las sombras, en esta etapa Spinetta saca a la luz canciones de lugares y momentos diferentes. En el final de la noche del jueves, antes de un estreno sin título, mostró su enojo porque se hablara de “retrospectiva”, pero al cabo es una cuestión menor. Es que lo exhibido en el Coliseo es un pack tan valioso como atemporal, una cadena que une 1969 con 2002 de manera armoniosa. Los eslabones, además, tienen una fortaleza que no se funda en su relevancia histórica, sino en el valor de su interpretación actual. ¿Qué importa en qué disco aparece “Leves instrucciones”, si la versión que suena ahora sigue siendo emotiva, desgarradora y bella?

Así, la lista de este show produjo un arrobamiento que consiguió el milagro: hasta bien entrada la noche, los habituales pedidores de cada ceremonia spinetteana se quedaron en sus trece, abiertas las orejas y cerrada la boca. Una tras otra, “A Starosta, el idiota”, “Tonta luz”, “Al ver verás”, “La pelicana y el androide”, “Cielo invertido”, fueron creando un clima de recogimiento, preámbulo de ovaciones sin afectación. Sin manierismos, Spinetta dejó fluir la evidente comunicación con sus músicos, intérpretes de una idea que permite que una canción pueda ser lo que afuera es imposible, un mundo perfecto.

Respecto de aquella velada paqueta del Colón, hubo dos ingresos, ambos inspirados y ambos respondiendo a un espíritu que busca las canciones antes que el greatest hits tribunero. Uno fue “Alcanfor”, rara pieza oculta hacia el final de Téster de violencia, que encajó a la perfección entre la orquestada relectura de “Maribel se durmió” y “Vera”. El otro, “Asilo en tu corazón” (del La La La registrado junto a Fito Páez), se ubicó después de la urgencia rítmica de “Ludmila”, como respondiendo a un deseo oculto de la gente que nadie hubiera podido expresar de antemano. Revisando lo que Spinetta volvió a cantar en ese momento en que la comunión llegó a un punto culminante, no parece casual. “...Y me veo partir, soy un barco que se hace a la mar, y en todo retorno, un cambio nacerá...”, susurró. Podría decirse que es como una declaración de principios, pero es sabido que Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, todo Luis y su obra, no “declaran” principios. El simplemente toca y canta, ahí está todo, y el que quiera que escuche.

Alguna vez acusó: “Vos nunca me oíste en tiempo, siempre tuviste un poco de miedo”. Hoy el tiempo sencillamente no importa. Bajo las tenues luces del Coliseo, ese lugar que es también parte de su historia, Luis Alberto Spinetta sigue entregando canciones necesarias, sin edad, sin excusas ni discursos. Habrá que seguir y seguir, entonces, pidiendo un asilo en su corazón artístico.

* * * *

Suficiente para hacerse una idea de lo que puede significar la noche del Fortín de Liniers. Suficiente para abrir el baúl, sacar el atesorado vinilo original de Almendra y hacer del reloj un trasto inútil. Suficiente para disparar el ansia de espectadores de todas las edades, que disfrutan la convicción de seguir teniendo en plenitud a una figura central del rock argento, capaz de conmovernos con la mera idea de un concierto de la buena memoria, que puede convertir a Vélez en un jardín de puro presente.

Allí estaremos, Luis Alberto.

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23.9.09 

Balance de 2002

Después de un año y pico de inactividad, subí una nota al Arcón: el balance de aquel catastrófico 2002.

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Tarde o temprano...

...Iba a pasar esto: el grupo Tetriz presenta una versión no tan exagerada de un conocido sitio web.

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19.9.09 

Sábado a la tarde


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Delay

(Publicada hoy en Página/12)
Voces en delay
simulan ondas que no veré
pretenden cautivar.

“Amores perpetuos”, Virus, 1987.

Por obra y gracia de oscuras desinteligencias tecnológicas, los tres televisores de la sala de redacción de este diario no consiguen ponerse de acuerdo. Los aparatos se emperran en emitir de manera desfasada, dándole un demorado eco a las locuciones o convirtiendo las transmisiones deportivas –el peor ejemplo– en un tormento en el que en una punta de la redacción se gritan goles que del otro lado aún no sucedieron (o, para atender a un tema candente, puntos de Juan Martín Del Potro). El delay, eso que alguna vez era tema interesante sólo para ingenieros de sonido, se vuelve así tema de discusión general.

Cosa rara... pero no tanto. Cuando el fútbol fue rescatado de República Monopolio, Víctor Hugo Morales incluyó entre sus satisfacciones el fin del delay implementado por los dueños del balompié para impedir la sana costumbre de seguir la televisación con el relato radial. Pero en otros casos la anomalía es imposible de resolver: en edificios donde los vecinos poseen diferentes sistemas (cable o satelital), también es habitual enterarse de la resolución de una jugada que en la TV propia aún está sucediendo, o viceversa. Y el fenómeno se vuelve insoportable cuando dos vecinos pertenecen a equipos enfrentados. En rigor, sólo el que está en la cancha está exento: para cuando los argentinos vieron al número cinco del mundo derrumbándose victorioso en el cemento del Artur Ashe, en el mundo real Del Potro ya estaba saludando a Roger Federer.

La cosa no termina en el delay catódico. Vivimos delayados, es una omnipresencia en la vida cotidiana, donde abundan los trenes, colectivos, subtes (y aviones de Aerolíneas Argentinas) con delay, y los trámites y las respuestas y las resoluciones y los encuentros y llamados se demoran. La respuesta exacta, el retruécano memorable en aquella discusión, llega al cerebro veinte minutos después, cuando la oportunidad se ha evaporado. El ser humano promedio suele reaccionar con delay en los primeros minutos tras el despertar, el cuerpo está fuera de la cama, pero la cabeza aún está en la almohada. En eso todos somos iguales, o casi.

Para nosotros la pelota está en el aire, pero el destino ya dio su veredicto.

* * * *

A fines de los años ’50, aplicar delay en la música era todo un trámite. Los tipos como Stockhausen se enfrentaban al engorroso sistema de los grabadores de cinta abierta, aparatos como el Echoplex a los que había que cambiarles periódicamente la cinta magnética. A pesar de esos problemas tan analógicos, músicos como John Martyn, David Gilmour y Robert Fripp hicieron escuela. El primero, fallecido en enero de este año, abrió los ’70 metiéndole eco a su guitarra de un modo que inevitablemente llamó la atención. El segundo le dio una impronta definitiva al sonido de Pink Floyd. El tercero pudo dominar los caprichos de las máquinas Revox y patentó las Frippertronics que tanto pueden expandir el universo de King Crimson como agotar en sus shows de solo guitarra, delays de delays, fantasmas de la nota tocada hace cinco minutos.

En temas como “Now I’m here”, Brian May hizo todo un arte de tocar consigo mismo, puntear y responderse. Hubo quien se animó al chiste fácil de llamarlo Brian Delay, pero esa misma técnica propició que Queen sorprendiera al mundo con las sobregrabaciones y ecos de “Bohemian Rhapsody”.

Como todo en la música, la era del microchip permitió envasar la trabajosa sincronización de máquinas en un simple pedal, y el uso extendido hizo que el truco de músicos se volviera de dominio público, volvió comprensible el chiste de Ricardo Mollo cantando sobre “la gorda y su cadera con delay”, permitió que los soundscapes que hacen Jorge Drexler o Martín Buscaglia en vivo no parezcan cosa de chamanes o simple efectismo sino un ensayo creativo sobre el uso de ciertos chiches. Ocurre que el delay es un poco la madre de todos los efectos: lo que nació como simple búsqueda de eco terminó pariendo también al flanger, al chorus, al reverb. Y Mollo siguió cantando: “Madera no va por línea, usa la pampa de reverb”.

* * * *

El delay influye en la cultura. Lo saben bien los norteamericanos, que desde el episodio de la teta de Janet Jackson en el SuperBowl 2004, o los incómodos discursos de gente como el matrimonio Susan Sarandon-Tim Robbins en galas de la alta sociedad cinematográfica, se acostumbraron a que la realidad llegue a sus televisores un par de minutos más tarde. Al igual que en el fútbol doméstico, abrir un margen tecnológicamente artificial sirve para manipular al espectador. Otra vez, algunas herramientas se vuelven peligrosas en las manos equivocadas: para los conservas del Norte, el delay es un arma de censura.

Curiosamente, en la Argentina hay quien habla de censura para evitar que al fin se reemplace la Ley de Radiodifusión de la dictadura, para prolongar el retraso de una nueva legislación. A 26 años de la recuperación democrática, todavía sufrimos un Videlay.

No es para sorprenderse tanto. En las eras milicas de esta tierra, la combinación de control cultural y culomundismo económico hicieron que libros y películas llegaran tarde (o nunca). Como esas estrellas que se apagaron hace siglos, pero para nosotros todavía brillan, algunas obras arribaron aquí cuando su impacto en el resto del mundo ya se había diluido, o había sido superado por nuevas expresiones. En ese sentido, resulta ejemplificador observar la marcha de la industria discográfica durante los años de plomo, en los que el desarrollo de la historia musical parecía conducido por el general Alais. En los ’70 y ’80, los melómanos vivieron una saga paralela. En una era sin Internet y casi sin revistas importadas, dependiendo de lo que pudieran averiguar los periodistas de Pelo o Expreso Imaginario, sólo quien estaba en condiciones de viajar a Londres o a Nueva York a comprarse los últimos discos podía alardear de saber la posta. Para los demás, condenados a paupérrimas ediciones argentinas de títulos traducidos y nula información, el delay construyó curiosos remixes.

  • Going for the One, de Yes, se editó en la Argentina milagrosamente al mismo tiempo que en Inglaterra, en 1977. Pero al año siguiente salió aquí Time and a Word, grabado en 1970. Así, los fans del grupo sinfónico escucharon primero a la formación de Jon Anderson, Steve Howe, Rick Wakeman, Alan White y Chris Squire, y después a la alineación original de Anderson, Squire, Peter Banks, Tony Kaye y Bill Bruford.
  • A su complicada historia de cambios de personal y rumbos artísticos, King Crimson agregó las particularidades locales. Lizard, lanzado en 1971, llegó en 1977; en 1978 se editó In the Wake of Poseidon, grabado en 1970; Red, de 1974, quedó en el segundo lugar de la lista de “Discos del año” de Pelo en su anuario de 1976. King Crimson había sido disuelto por Robert Fripp un año y medio antes.
  • En 1969, tras la partida de Syd Barrett, Pink Floyd lanzó More y luego Ummagumma. Este se editó en la Argentina en 1976, y More en 1977. A esa altura, en Inglaterra ya habían disfrutado de Atom Heart Mother, Dark Side of the Moon y Wish you were here, que llegaron en edición nacional a comienzos de los ’80 y gracias al delayado estreno de The Wall.
  • Made in Japan (1972), de Deep Purple, apareció en 1977; Tubular Bells (1973), de Mike Oldfield, en 1978; Four Way Street (1971), de Crosby, Stills, Nash & Young, vio la luz en 1978, cuando en el resto del mundo se editaba Crosby & Nash Greatest Hits y Thoroughfare Gap, de Stephen Stills; Fear of Music (1979), de Talking Heads, se editó a mediados de 1981; Before the Flood (1974), de Bob Dylan, en 1977; The Lamb Lies Down on Broadway (1974), de Genesis, en 1976; Zoot Allures (1976), de Frank Zappa, en 1978.

Durante un buen tiempo llegamos siempre tarde, donde nunca pasaba nada.

* * * *

Aquí es viernes, son las cuatro de la tarde y llueve. Esta nota, lector, también tiene delay.

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17.9.09 

Cinta



Hablando de esto: una cosa muy divertida que encontró Mendieta el Renegáu.

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Comentarista

Cuando Martín Palermo fue expulsado, dijo "pero todos sabemos lo buena persona que es Martín, no tiene mala intención", como si el historial disculpara un patadón asesino. Mientras Vélez tocaba, metía caños, tacos, pases en profundidad frente a un equipo estático, repitió cuatro o cinco veces "Ojo que a Boca solo le falta un gol para llegar a los penales". No deja de ser una satisfacción comprobar que jamás coincido con lo que dice Fernando Niembro.

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15.9.09 

Rrrrraaaaack!!!!!

El sitio oficial es bien clarito, confirma lo que se viene meneando hace ya un par de meses: Date, Dec 02, 2009; City, Buenos Aires; Venue, River Plate Stadium; Public tickets, September 20. Se dice por ahí que hay reservadas otras tres fechas en el Monumental (que me parece demasiado, aunque quién sabe). Como sea, la patria rockera cierra el año a todo trapo, con AC/DC presentando Black Ice en Buenos Aires. Parece mentira, pasaron trece años desde el último aquelarre...

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13.9.09 

Gioconda 2009


"Es una boludez, que hice al toque.... pero qué sé yo... sale con fritas....", me escribió el ilustrador Juan Sebastián Amadeo al enviarme este laburito inspirado en "Remasters".

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12.9.09 

Remasters

(Publicada hoy en Página/12)

It’s getting better all the time.
Lennon/McCartney, 1967.

Todo empezó con The Beatles. No es un análisis de la música pop de los últimos cincuenta años: fue en Nueva Saturnia donde todo empezó con The Beatles. Como sucedió en el resto del mundo, el lanzamiento de catorce discos remasterizados de la banda inglesa concitó la atención de todos los medios y los consumidores, sobre todo los melómanos. Las escenas hogareñas se repitieron: pibes que de pronto descubrían a la madre de todas las batallas del rock, una banda de cuatro flequilludos primero con corbata y luego con atavíos que hacían parecer caretas a los woodstockians; personas solteras en inéditos enfrentamientos con sus vecinos por el repentino estruendo del equipo a cualquier hora; padres preocupados por transmitirles una buena educación musical a sus hijos; gente de toda edad, de todo color y sexo, tirada en el piso con los auriculares clavados en Revolver a volumen trotyl.

De pronto, en Pepperland todo era felicidad. En Nueva Saturnia también, aunque allí tampoco pudo dejar de contemplarse el hecho de que el sello grabador de The Beatles tenía intereses tanto artísticos como económicos. Los discos reeditaban el mito del cuarteto de Liverpool y volvían a certificar sus valores, pero también salvaban las finanzas de un monstruo que, en parte por los efectos de la piratería y en parte por la deserción de grandes figuras de su staff, encontraba cada vez mayores dificultades para tapizar los autos de sus ejecutivos. En un diario de Nueva Saturnia, el ingeniero de sonido Eduardo Bergallo expresó sus reparos. “El remasterizador hace un trabajo de restauración sobre los tracks, sacar ruidos, soplidos, clicks, ediciones que por ahí estaban mal hechas. Se limpia y se trabaja la mezcla desde un material que está en mejores condiciones”, detalló el experto argentino, para luego señalar que el material de The Beatles ya estaba en muy buenas condiciones antes, que no era tan necesaria la remezcla. “No sé si a alguien se le ocurre agarrar la Gioconda y photoshopearla”, redondeó, con lógica implacable.

La idea llamó la atención de uno de los lectores: a Eusebio Alana no le parecía tan loco photoshopear a la Gioconda. Es más, Eusebio Alana ya había photoshopeado a la Mona Lisa, y estaba orgulloso del resultado. Para Eusebio Alana el runrún alrededor de The Beatles, las impactantes cifras de venta del material reciclado, eran el disparo de largada para sus planes más ambiciosos. Sonaba la hora del remaster.

* * * *

El director de la Biblioteca Mayor de Nueva Saturnia tuvo que hacer un lugar en la agenda de actividades para darle cabida al evento que el público reclamaba. En el Salón Principal, Alana dejó de parpadear ante los flashes para entrar en la materia de su remasterización de Don Quijote de la Mancha: nunca los molinos de viento se vieron tan definidos, tan bien recortados en la llanura, impactando la vista del ingenioso hidalgo montado en un Rocinante hecho una pinturita, listo para un par de Pellegrinis. A Sancho Panza lo dejó casi igual, apenas más liviano para que el personaje del burro no fuera tan sufrido. En su inolvidable charla, Eusebio Alana argumentó que existían límites, que un personaje bautizado con un rasgo físico tan evidente no podía –no debía, señores– ser llevado hasta la desnaturalización. “Si Cervantes viviera lo aplaudiría”, quiso hacerse la culta una señora sin darse cuenta de su propio chiste. Sobre el final de la charla, Alana se permitió prometer “un Borges mejor definido, un Kafka de oscuridad menos asfixiante, una Biblia más específica”. Nunca llegaría a concretar esos proyectos.

Remasterizó a Carlos Gardel. No los discos de Gardel: remasterizó al Morocho mismo, que mostró dientes más relucientes e hizo honor al mito sobre su canto progresivamente mejorado. En su impenetrable laboratorio de Barrio Cánula, acunado por la delicada sinfonía de sus canarios remasterizados, Eusebio Alana se encargó de Apocalypse Now! y The shining, con el sorprendente efecto de un Marlon Brando más inquietante, un Jack Nicholson infinitamente más aterrador. Stephen King llamó para felicitarlo.

En pleno proyecto de remasterización de alarmas de auto, sirenas de policía y bomberos que ululaban de modo menos irritante, Alana recibió un llamado del jefe de asesores del Ingeniero Toblerone. Al jefe de gobierno de Nueva Saturnia le gustaba la idea. Como su política de no contratación le impedía retribuir económicamente los servicios del experto y éste se negaba a hacerlo por el honor de la ciudad, Toblerone decidió copiar la idea y encargó a un equipo de cráneos la tarea de remasterizar la ciudad. Uno de ellos recordó las declaraciones de Bergallo y tomó al pie de la letra eso de que se comienza limpiando las imperfecciones: a las usuales tareas del temible Comando Barredor de Neanderthales Indeseables (CoBaNI) se sumaron las cuadrillas que echaban abajo árboles torcidos, arrumbaban monumentos y estatuas antiestéticas en depósitos municipales, arrasaban con casonas y predios que antaño utilizaran los centros culturales de la ciudad, diseñaban obras de teatro virtuales para reemplazar a esos molestos actores, directores, dramaturgos y técnicos que pretendían cobrar por su trabajo. Incluso hubo una breve campaña de relanzamiento, Saturnia va a ser regrossa.

Eusebio Alana estaba en otra. “Remaster”, tituló un diario cuando el oscuro hombrecito corrigió los defectos de origen (los jugadores de los clubes) y con ello consiguió la primera clasificación a un Mundial de la Selección de República Saturnina. El jefe de asesores volvió a llamarlo cuando se supo que su siguiente proyecto era un Macbeth con menos personajes, menos extras, sin tanta sobreproducción, como el Let it be... Naked sin Phil Spector. Alana escuchó el insistente reclamo de su teléfono remasterizado, pero no se dignó contestar.

Con el tiempo y los éxitos, Eusebio Alana no se cerró a ninguna posibilidad. Quiso remasterizar los subterráneos y ómnibus de Nueva Saturnia en pro de una mejor calidad de vida auditiva; estudió la capa de ozono y los glaciares en proceso de derretimiento; se presentó a una reunión en la Embajada china para escuchar una propuesta de remasterización de la Muralla; disfrutó una ola mundial de reconocimiento, cuando su foto Korda del Che remasterizada desató una nueva presencia del guerrillero argentino en marchas de todo el mundo, y una nueva y amplia serie de merchandising. Los fierreros abandonaron el término tunear y empezaron a alardear de sus autos remasterizados. Un proyecto para un canal televisivo de oldies resultó tan exitoso desde lo técnico como catastrófico para el rating: el público encontraba todo tan nuevo que dejó de verlo.

Llovían ofertas, algunas interesantes, otras molestas, muchas intolerables, como las de pesados que querían remasterizar a su hijo, su novia o su suegra. Lentamente, la vida de Eusebio Alana se fue convirtiendo en un infierno. Una militante de la anorexia empezó a llamarlo todas las madrugadas para que remasterizara a Botero. El Opus Dei le dejaba amenazas por el Proyecto Biblia. Una tarde, la hinchada de Defensores de la Troika, un equipo de la divisional C de fútbol, pintó el paredón de su casa: “Agarrás el equipo o te remasterizamos el orto”. Fue el acabóse, la gota que rebalsó el vaso, la tecla de stop. A la mañana siguiente, el conductor del exitoso informativo Noticias Remasterizadas anunció que algo extraño sucedía en Barrio Cánula. “Estamos en condiciones de afirmar que Eusebio Alana ha desaparecido”, dijo, aunque la información no era del todo exacta.

El grupo de pedigüeños que solía formarse bien temprano a la mañana no había encontrado la casa del paredón infamado, sino una verdulería y frutería de mercadería armoniosa, bien proporcionada, atractiva al ojo. En la fila, un fan de The Beatles aseguró que había algo en la curva de la oreja del verdulero que le resultaba familiar. Pero, como el chirrido de la silla al final de “A day in the life”, la impresión se desvaneció enseguida, y solo quedó un largo, incómodo, remasterizado silencio.

Eusebio Alana nunca volvió.

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10.9.09 

La felicidad

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9.9.09 

De monos y stereos

La otra nota de hoy en Página, un reportaje a Eduardo Bergallo sobre el tema de las remasterizaciones Beatle.

“Yo no sé si a mí me hace tanta falta”, confiesa Eduardo Bergallo. Ingeniero de sonido, experto en mezcla y mastering, Bergallo es un nombre ineludible en la escena local: por sus dedos pasaron más de 1200 obras que incluyen a todos los grandes nombres, y participa en conferencias y seminarios en todo el mundo. Esa pasión por la tecnología no se traduce en ceguera: es el primero en manifestar sus dudas sobre el salto tecnológico, al decir que “a partir de la llegada de lo digital se nos hizo creer que era mejor, y yo podría asegurar que no es así”.

–Hay una frontera entre mejorar el audio y desvirtuar la obra..., uno ve el gráfico en el editor de audio y es un chorizo sin matices.

–Al principio el tratamiento digital era más respetuoso, pero la calidad era peor, los primeros conversores digitales no eran muy buenos: el sonido se ponía medio vidriado, con cierta falta de calidez. Con el tiempo se fue atendiendo a cuestiones como el volumen, que caracteriza al mastering de los últimos tiempos, que necesariamente va en contra de la dinámica de la música, eso de la mancha horizontal en el gráfico, sin fluctuaciones, sin matices.

–La palabra “remasterización” es conocida, pero... ¿Qué es lo que hace el remasterizador?

–Lo que hacés primero es un trabajo de restauración sobre los tracks, sacarles ruidos, soplidos, clicks, ediciones que por ahí estaban mal hechas. Limpiás y trabajás la mezcla desde un material que está en mejores condiciones. Esto entre comillas, porque las condiciones en las que trabajaban los Beatles eran increíblemente buenas. Yo soy muy fan de ellos, tengo libros muy grossos acerca de su equipamiento, y los tipos estaban parados en un muy buen lugar desde lo tecnológico, muy arriba. No es que se estaba haciendo una grabación cualquiera, era top. Si vos trabajás desde algo que viene muy bien, no hay tanta necesidad de mejorarlo. Todos hemos disfrutado de la música de los Beatles como está, y hoy ponés un disco y el sonido le rompe el culo a cualquiera.

–Por otra parte, en un lanzamiento así hay que considerar la situación financiera de EMI...

–Se está muriendo el formato, ¿qué mejor momento que ahora para sacar estos boxes? Es algo que supongo, no digo que sea estrictamente así. Lo que puedo decir es que el staff que trabajó, que es súper bueno, es el mismo de Love, y a mí ese disco no me gustó.

–Se metieron con lo artístico.

–Sí, pero acá también, porque los tipos remezclaron. A mí en un punto me parece medio una falta de respeto, aunque lo hayan aprobado los Beatles vivientes, y Yoko y la viuda de George, los que cortan el queso. Pero no sé si a alguien se le ocurre agarrar la Gioconda y photoshopearla. Ni se lo cuestionan, pero yo sí: escuché algo en la radio y dije “Uy, ese coro no estaba tan fuerte”. Me interesan más las mezclas mono, porque toda la vida se dijo que esas son las de verdad. Los Beatles trabajaban cuatro o cinco horas en la mezcla mono, y la stereo la hacían así nomás, porque era un formato que hacían para EE.UU., era nuevo, no les interesaba mucho.

–El mono tiene su encanto...

–Y más allá de su encanto, es lo que ellos querían que fuera, por eso me parece tan importante respetar la voluntad artística del que lo hizo, y ahí estaban involucrados el productor George Martin, que no estuvo, el ingeniero que tampoco estuvo. Y no es lo mismo que lo mezcle uno u otro. Para mí la obra es aquella, esto es otra cosa... Tengo cierto prejuicio al respecto, me da un poco de impresión.

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Catorce razones

(Publicada hoy en Página/12, como parte de la producción ReBeatles)

La pregunta es tan inevitable como ociosa: ¿por qué habría que volver a escuchar a The Beatles hoy? ¿Es que no ha pasado nada en el mundo de la música para que melómanos de todo el mundo tengan este 9/9/9 (“la bestia dada vuelta”, como definió un blogger amigo) marcado en rojo en el calendario?

Sí, pasaron muchas cosas. Siguen pasando. Y ninguna es comparable con The Beatles.

La reedición de los catorce discos es un signo de los tiempos, pero también va a contramano de ellos. Por un lado, significa una formidable fuente de ingresos para EMI, que viene sufriendo las consecuencias de un mercado convulsionado. Pero a la vez es un rescate del disco-objeto, de la perfección sonora: en el ocaso del CD, en el imperio del archivo comprimido y el mezcladito de canciones virtuales, The Beatles reaparecen con un packaging cuidado y un sonido sorprendente, que resignifica su obra. Es, además, una puesta al día: las primeras ediciones en CD, con librillos pobretones y realizadas con la tecnología de 1987, hoy parecen apolilladas. Los primeros cuatro discos nunca habían sido editados en estéreo. Esta serie intenta rescatar la nobleza de lo analógico, de esos matices que deslumbran cuando uno se calza los auriculares.

Es claro que no necesitamos escuchar Revolver o Sgt. Pepper versión 2009 para convencernos, así como tampoco convenceremos a esos bichos raros que opinan que el cuarteto de Liverpool no vale dos guitas. Pero lo fundamental es la excusa, tener un gran justificativo para volver al rito del sillón, los auriculares y un arte decente en la mano. Escuchar y volver a sorprenderse: sí, conocemos las canciones de pe a pa, su escucha nos lleva a viejos rincones de la propia biografía, podemos identificar quién toca cada cosa, pero nunca podremos agotarnos. Podemos cansarnos de Oasis (por dar un ejemplo). No hay manera de cansarse de The Beatles.

Entonces, la pregunta vuelve: ¿por qué habría que volver a escuchar a The Beatles hoy? Hay catorce razones.

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7.9.09 

Anticipación

El sábado pasado, en la columna Nueva Saturnia, escribí: "...las calles pronto estuvieron limpias de nuevo. Hasta que empezó el paro de basureros, que eran en realidad elementos antes improductivos de la Subsecretaría de Coordinación de Equipos de Control de Bienes Raíces. Y tampoco se distinguían por su eficiencia en el básquet con camión recolector."

Y hoy tenemos esto.

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6.9.09 

Los preparativos

Un amigo armó un asado con su vecino en su casita suburbana, vinate, flores y buenas carnes. Una colega se juntó con amigos, tinto y blanco, Stella Artois y Fernet. Mi suegro, mi mujer y yo, la indiada propia y ajena, nos dispusimos frente a la TV con el entusiasmo de los grandes eventos. Y así.

Lo que más bronca te da es cuando la Selección no se pone a la altura de los expectantes encuentros que se producen para verla.

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5.9.09 

Picaduras de mosquito


(Publicada hoy en Página/12)

Estribillo: 1. Expresión o cláusula en verso, que se repite después de cada estrofa en algunas composiciones líricas, que a veces también empiezan con ella.
2. Voz o frase que por hábito vicioso
se dice con frecuencia.
(Diccionario de la Real
Academia Española)

A fines de 2001, el profesor James Kellaris, psicólogo social de la Universidad de Cincinnati (Estados Unidos), dio una posible respuesta a por qué algunas canciones se convierten en hit. Tras realizar un estudio sobre mil personas, el académico arribó a la siguiente conclusión: “Una combinación de simplicidad, repetición e inducción de adrenalina. Estos elementos producen picaduras de mosquito mentales, una picazón que solo puede ser aplacada al volver a tocar la canción en la mente una y otra vez”. El ranking elaborado por Kellaris en sus entrevistas colocó en el primer lugar a –cuándo no– The Beatles, con “Yellow submarine”, seguido por “We will rock you” (Queen) y “Bad”, de Michael Jackson. Otro estudioso de las reacciones cerebrales a los estímulos sonoros, el neurólogo Oliver Sacks, complementó el informe Kellaris afirmando que las canciones más “irritantes” para el cerebro son usualmente absorbidas en la adolescencia, y que en casos extremos esas canciones pueden retornar en la vejez en la forma de alucinaciones sonoras. Si de alucinaciones se trata, el psicólogo de Cincinnati no escondió el caso más terrible de su material de estudio: un hombre que, desde 1986, no podía borrar de su cabeza el soundtrack de un videojuego Atari.

* * * *

Hay quien se pasa la vida buscando el estribillo perfecto. No se trata sólo de música, aunque ése sea el primer ejemplo. En el espíritu lúdico que la música siempre puede despertar, podría intentarse una definición de artistas en función de los tipos de estribillo, el loudQUIETloud de los Pixies (eso sobre lo que Nirvana edificó su leyenda), la redondez del estribillo pop, la épica del rock... o por la ausencia de ellos, la vida según Frank Zappa o los progresivos de los ’70. Un buen estribillo es una pelota clavada en el ángulo tras una jugada exquisita: hay canciones cuyas estrofas son la preparación del terreno, el preludio a un cierre sencillamente perfecto, el soporte sobre el que cabalga la canción y nosotros con ella. “Ji ji ji” es un excelente ejemplo, el lector tendrá los suyos para agregar. Estribillos que se convierten en bandera.

Pero aunque Calamaro haya dicho –cantado– lo contrario, la vida también puede estar hecha de canciones. Podemos atravesar días-estrofa y días-estribillo, como el pasado miércoles gris que se pareció a tantos miércoles o (en el colmo de la obviedad) domingos grises, estribillos repetidos, picaduras de mosquito traducidas en melancolía, en ganas de canturrear a media voz “But I’m no creep...” o “We’re waiting for the flood” o, al borde de la desesperación, “Foi na cruz, foi na cruz”, el estribo como letanía en el barrio de la angustia.

Nos topamos a menudo con personas-estribillo, condenadas a la repetición de los mínimos gestos, al hábito vicioso que se dice con frecuencia. Conocemos el estribillo de los agoreros de siempre, el verso argentino de la confiabilidad para los inversores extranjeros y las maravillas de la libre empresa, o las líneas apocalípticas de quienes, con el bolsillo o el statu quo amenazado, desafinan a conciencia y aplican un AutoTune que disfrace sus intenciones.

Nos solazamos con los estribillos de Murphy: el colectivo vacío pasará de largo, la otra cola avanza más rápido, lo que pueda salir mal saldrá mal. No puede ser de otra manera en el país del tango, tan pródigo en estribillos de desesperanza, de siglo XX cambalache problemático y febril.

El estribillo es un dengue perpetuo.

* * * *

Esta semana volvió un experto en picaduras. Bastó ver a Violencia Rivas entonando su hit “Metete tu cariño en el culo” para agradecer que Diego Capusotto y Pedro Saborido tengan el talento necesario para no dejarse estar, para renovar el stock sin quedarse en el estribillo probado y efectista. Otra vez, Peter Capusotto y sus videos viene a sintonizar con una legión de fans que exceden los de por sí destacables 4 puntos de rating en Canal 7, que diseminan en YouTube los códigos impresos en otra nueva serie de hallazgos. Cuando todavía imperan las frases que dejó Lucy en el cielo con Capusottos“¡Señor montonero Bilardo, renuncie! 6 a 1 con Bolivia, ¡¡¡vergüenza!!!”–, Capusotto vuelve a dejar caer, con envidiable naturalidad, estribillos inolvidables.

Entre la furia de los norteamericanos MC5 y los argentinos Pez, la cita de honor de los lunes a las 23 brilló especialmente cuando se permitió desarticular estrofas bien conocidas de esta tierra (y ya aparecerá el patriota ofendido): Jaime de las Mercedes Cárdenas, artista olvidado, desgranó el Himno Nacional Argentino con las melodías de “Stairway to heaven”, “Satisfaction”, “Smoke on the water”, “Locomía”, “Pluma gay” y “Hey Jude”, convirtiendo al estribillo en una poderosísima arma de comicidad. ¿Qué sucederá el día que los pibes, en el patio de la escuela, no puedan resistir la tentación de largar un “libertad, libertad, libertad” con la inoxidable melodía de los Stones?

* * * *

“Llevo una foto de mí para no extrañarme.” “Pepe Curdeles, abogado jurisconsulto y manyapapeles.” “Soy Pepe Galleta, único guapo en camiseta.” “Santa Malasia, qué suerte para la desgracia”: Pepe Biondi fue un experto en estribillos, Capusotto de tiempos idos. Quien vea hoy en los viejos tapes de Viendo a Biondi un humor inocentón, blanco, se estará perdiendo parte del cuadro. Biondi afiló su humor en cabarutes de marineros, en escenarios de revista, y su mirada pícara siempre estaba revelando otro mundo. Las primeras estrofas de su vida fueron pura negrura, suerte para la desgracia: una familia pobrísima y un feroz entrenamiento como acróbata en un circo donde el payaso Chocolate lo sometió a palizas cuyas consecuencias sufriría hasta el final de su vida.

Pepe, que ayer habría cumplido cien años, coronó esas estrofas con estribillos que lo convirtieron en uno de los cómicos más queridos de este país, un tipo que se fogueó en los boliches, se hizo conocido con el dúo Dick y Biondi, triunfó en la TV cubana de la mano de Goar Mestre y, de regreso a la Argentina, llegó a alcanzar 65 puntos de rating en los viernes de Canal 13, construyendo una galería de personajes indelebles. Como en la progresión clásica de una canción, el estribillo volvió a dejar paso a las estrofas, y éstas replicaron los comienzos: a comienzos de 1972 el canal anunció su retiro definitivo de la pantalla, y siguió un ostracismo lleno de dolencias físicas y extrañas obsesiones que desembocaron en la muerte, el 4 de octubre de 1975.

Hay quien se pasa la vida buscando el estribillo perfecto. Otros poseen el instinto y la eficacia del mosquito, un mosquito –por fortuna– imposible de aplastar, uno que nos llevará una y otra vez a rascarnos la mente. Felizmente contagiados por la magia de un estribo.

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3.9.09 

Beatlismo


Es cierto, están vendiendo otra vez lo mismo. Es cierto, EMI resuelve sus problemas financieros volviendo a inundar las disquerías con la vaca más exprimida de la historia. Pero me bastó escuchar este sampler de dos discos, 32 canciones de todas las épocas, para que el entusiasmo supere todo cinismo. Hijos de puta, lo hicieron de nuevo: The Beatles nunca sonaron tan bien. El 9 de este mes aparecen los catorce discos ultramegarecontramasterizados, y lo peor para el bolsillo de todos es que justifican absolutamente la inversión.

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1.9.09 

56 meses

Una sobreviviente me acercó este texto realizado por la Articulación de grupos de familiares, sobrevivientes y amigos de las víctimas de la masacre de Cromañón, y que fue leído en la marcha del domingo.




Documento de los 56 meses: “Otra vez la impunidad”


Tras 5 años de dolor, de terapias psiquiátricas y psicológicas, pastillas, ataques de pánico, pesadillas, recuerdos imborrables y cientos de marchas pidiendo justicia, la corrupción de nuestro amado país volvió a golpearnos con un fallo que lejos de ser justo, nos devolvió el mismo dolor que nos envolvió aquella noche del 30 de diciembre de 2004, la misma impotencia, la misma bronca… Con las manos atadas y cansados de tantos golpes, nosotros, los jóvenes, sobrevivientes y amigos de los 194 chicos fallecidos en Cromañón, queremos hacer llegar nuestro mensaje de repudio hacia LA JUSTICIA, representada por los jueces Llano, Alveró y Maiza, quienes creyeron que con este fallo infame dejarían contentos a la mayoría, sin entender que estamos resignados a no volver a tener PAZ, pero no nos resignamos a no tener JUSTICIA.

Otra vez la impunidad que instala que “el matar es gratis”, “el vale todo” y el “sálvese quien pueda”.

Impunidad con la que un Estado presente, con una clara direccionalidad, viola sistemáticamente los derechos humanos cuando deja de garantizar el derecho a la vida de los jóvenes y los deja librados al cuidado individual.

Impunidad que permitió que Cromañón se convirtiera en la trampa mortal de 200 jóvenes, que existiera abandono de personas por parte del sistema de emergencias, que a más de cuatro años y medio de la Masacre no haya hacia los sobrevivientes una asistencia integral.

Y esta impunidad se entiende (y se sostiene) cuando se conoce el entramado de corrupción; cuando sabemos que López es concuñado de Ibarra; que Fiszbin fuera una compañera de la infancia de Aníbal y Vilma Ibarra; que Vilma Ibarra sea la mujer del ex Ministro coordinador de la Nación, Alberto Fernández; que el Director de Inspecciones Torres haya sido íntimo colaborador de Fernández en su paso por el Banco Provincia y en otras funciones; que Torres haya sido reciclado luego de su procesamiento a similares funciones en la Provincia de Buenos Aires; que el manejo de los fondos de salud estuvieran a cargo de Massa, un primo de Ibarra; que Ibarra haya vivido en el mismo edificio que Chabán y tengan una propiedad en el mismo edificio del barrio de Once; que se hayan desarrollado acciones sistemáticas para destruir los procedimientos, el personal y la idoneidad del poder de policía; que Cromañón fuera incorrectamente habilitado en 1997…

Y es la misma impunidad que en los últimos dos meses permitió que se cerraran las cinco causas conexas a Cromañón, con prescripciones y sobreseimientos que involucraban la habilitación de bomberos, a todos los comisarios de la Superintendencia Federal de Bomberos, y a todos los funcionarios del Gobierno de la Ciudad que intervinieron en la inspección de Republica Cromañón. Que se cerraran la causa de la Asociación Ilícita, en la que había cinco procesados en instancia de juicio oral, y la causa de Emergencia sobre los delitos cometidos durante el operativo de rescate de las víctimas. Por otro lado, la causa “Romagnoli, Gerardo y otros”, una causa macro que juntaba las denuncias por los delitos cometidos durante el juicio político: cohecho y malversación de fondos. Y también la causa de la Morgue por los delitos cometidos con los cuerpos de las victimas.

Y es otra vez la impunidad, la que dejó fuera de este Juicio Penal a Aníbal Ibarra, la que permite que de los sólo 15 imputados de todos los involucrados en la cadena de responsabilidades de la Masacre de Cromañón, se condenara solo a Chabán, Argañaraz y al subcomisario Díaz por estrago doloso y el pago y cobro de coimas; que se castigara a Villarreal con la irrisoria condena a 1 año de prisión en suspenso y la obligación de hacer tareas comunitarias; que las ex funcionarias del Gobierno de la Ciudad – Fabiana Fiszbin y Ana María Fernández- tuvieran la trivial condena a 2 años de cárcel una vez que el fallo quede firme, por el incumplimiento de los deberes de funcionario público; y que fueran impunemente absueltos el ex director general, Gustavo Torres; el comisario de la comisaria 7º, Miguel Belay y todos los integrantes de la banda Callejeros.

Este es un fallo que entendemos inconsistente al no seguir la cadena de mandos, al condenar a Chabán y no de igual manera a su mano derecha Villareal; al condenar al subcomisario Díaz y no de igual forma al comisario Belay para quien estaba destinado el pago de coimas; al condenar a las ex funcionarias Fiszbin y Fernández y dejar absuelto al director general Torres, quien tenía bajo su cargo los inspectores de gobierno.
Un fallo inconsistente que entendió que Argañaraz decidía unidireccionalmente las acciones de la banda.
Atrás quedarán entonces, Callejeros, tus discursos de autogestión y horizontalidad. Te traicionaste y nos traicionaste. Nos traicionaste cuando priorizaste el lucro por sobre la vida y nos trataste como mercancía, porque eras vos quien se llevaba el 70% de las entradas. Tus letras querían enfrentar al sistema pero tus acciones te convirtieron en un bicho de ese mismo sistema. Nos traicionaste cuando te transformaste en funcional al sistema de impunidad y caíste en la nefasta estrategia de culpar a tu público, a quienes te seguíamos, acusando al pibe de la bengala. Nos traicionaste, cuando seguiste lucrando sobre la muerte de los 200 pibes; y nos volviste a traicionar, cuando tu lema solo fue “Basta de culpar a Callejeros”. Jamás te escuchamos pedir Justicia; nunca te vimos luchar por los pibes muertos; jamás te escuchamos exigir “Nunca Más Cromañón”.
Preferiste enfrentarte a los padres; padres de los pibes que te seguían a vos, padres de muchos de los pibes que dieron sus vidas por los que sobrevivimos. Y al ubicar a los padres como tus enemigos, te convertiste en el títere funcional de las “Ratas que Estafan y Zafan”.
Y es entonces, otra vez la impunidad, la que ubica a las víctimas como victimarios e instala el perverso discurso de que los padres no cuidaron a sus hijos, de que los pibes eran unos barderos, remitiéndonos al siniestro “algo habrán hecho”.
Pero si algo hemos aprendido, como movimiento en estos 56 meses, es que la lucha contra la impunidad toma fuerzas en las calles. Se fortalece y sostiene en el acompañamiento de otros casos de impunidad, en un solo reclamo por Memoria, Verdad y Justicia, como el caso Kheyvis, que dejo 17 muertes sin ningún responsable.
Y es por ello, que entendemos, que si bien el fallo no ha reflejado nuestro reclamo, ha sido una conquista de los familiares, sobrevivientes y amigos de las víctimas de Cromañón el haber llegado al desarrollo del juicio, como lo ha sido también la destitución de Ibarra, el denunciar que la lógica Cromañón sigue vigente y fundamentalmente, el construir un movimiento nacido del dolor.
Hoy los sobrevivientes, queremos dar un abrazo fuerte a los padres de nuestros hermanos, amigos y novios masacrados en Cromañón, que estoicamente durante un año escucharon durante el proceso del juicio como habían muerto sus hijos; que lejos están de ser los padres violentos y golpistas!! Somos ejemplo de lucha porque desde hace más de cuatro años y medio venimos luchando contra un sistema corrupto. A ellos, nuestro compromiso de seguir luchando a su lado, de seguir exigiendo Justicia por los que no están y por los que sobrevivimos.
Y porque todos somos sobrevivientes de este país, donde gobierna la impunidad, seguiremos saliendo a la calles a recordarles a todos los responsables de la masacre que POR LOS PIBES DE CROMAÑÓN NO HAY OLVIDO NI PERDÓN.

¡Los Pibes de Cromañón, presentes! ¡Ahora y Siempre!
¡Los Sobrevivientes de Cromañón, presentes! ¡Ahora y Siempre!
¡Los padres muertos en lucha, presentes! ¡Ahora y Siempre!

Justicia.

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Cuadro de honor

No es novedad que ultimamente Clarín es ilegible, pero hay veces que se van definitivamente al carajo. En estos días está sucediendo bastante, pero curiosamente me vine a encontrar uno de los títulos más espantosos, más impresentables que haya visto, no en sus invectivas hacia la Ley de Radiodifusión o sus sobreactuaciones permanentes de todo-está-mal, sino en la sección Espectáculos: ¿Era necesario hacer esto?

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31.8.09 

A misa

¿Hace falta recomendarlo? ¿Quién no lo tiene agendado, quién no espera este lunes a las 23 en Canal 7 como la mejor misa? Para alegría del pueblo, vuelve Peter Capusotto y sus videos. Y para precalentar motores, he aquí la entrevista de Emanuel Respighi que publicamos en Página/12 el viernes pasado.

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29.8.09 

Nueva Saturnia

Foto: Daniel Jayo

(Publicada hoy en Página/12)

Los folletos turísticos lo dejaban bien claro: uno no podía morir sin conocer Nueva Saturnia. La ciudad era célebre en el Cono Sur por ser una extraña combinación de Nueva York, Chicago, París, Nueva Orleans, Londres, y también Nueva Delhi, San Pablo, el Bronx de los ’70 y Kabul. Como cualquier gran ciudad, Nueva Saturnia tenía sus bellezas y sus esperpentos, sus glorias y sus miserias. Pero tenía un enorme capital cultural, principal atracción para turistas del resto del país y de todo el mundo también. Esencia de una ciudadanía de todos los colores, en la que se podían encontrar por igual personas que disfrutaban de la lectura de Jacques Derrida o del afiebrado baile de cumbia alternativa, amantes de la música, la plástica, el teatro, el varieté, el stand up, los libros, el cine, la intervención poética. Gente que necesitaba alimento cultural y gente dispuesta a ofrecerlo.

Los gobiernos iban y venían, se alternaban los signos políticos, pero todos coincidían en que ese capital cultural debía ser conservado, alimentado, estimulado. Con mejores y peores ideas, con políticas más o menos activas, la cultura de Nueva Saturnia de cualquier modo florecía.

Un día llegó el Gran Administrador. Procedente del mundo de los negocios, el ingeniero Toblerone (nadie sabía si era ingeniero diplomado, pero así se lo llamaba desde siempre) ganó las elecciones con la fuerza del sorprendente slogan “Saturnia va a ser grossa”. Sorprendente no por la terminología –los saturnianos eran gente muy moderna, abierta, receptiva al neologismo–, sino porque existía una sensación general de que Nueva Saturnia ya era grossa, no necesitaba especiales esfuerzos en pos de un mayor grossismo. La suposición era que en las campañas se dicen muchas cosas, no todas tienen estricta raigambre con la realidad y al cabo sólo se trataba de una simple frase que apelaba al orgullo citadino.

El primer signo de alarma debió encenderse el día en que el nuevo gobernante llamó a una conferencia de prensa en la que dijo, sin pelos en la lengua: “En Nueva Saturnia se gasta demasiado”. Primero echó a todos los empleados que venían de la administración anterior, fueran ñoquis probados o intachables trabajadores. Después recortó presupuestos destinados a la salud, la educación, la asistencia social y el desarrollo de deportes. Obsesionado por la imagen pública, creó el CoBaNI (Comando Barredor de Neanderthales Impresentables), un escuadrón nocturno dedicado a limpiar las calles de gente fea e incómoda. Volcó ingentes esfuerzos a la obra pública, a poner veredas nuevas en los barrios más chic, pintar paredes y monumentos, poner rampas, puentes y túneles donde se necesitaban y donde no también, lanzar topadoras sobre las villas y tapar los restos con grandes tapiales donde lucía el característico cartelón naranja con la leyenda de siempre, Saturnia va a ser grossa.

Las protestas al respecto fueron resueltas aplicando el flamante Decreto de Ordenación de Calles y Respeto por el Prójimo, que sancionaba fuertemente toda protesta no autorizada. Pero llamaron la atención de los legisladores, que llevaron a cabo un ardiente debate de dos días que terminó en la nada (el primer día) y a las piñas (el segundo).

Un día, el ingeniero descubrió que la ciudad tenía una cadena de centros culturales que eran muy apreciados por los vecinos, pero significaban un gasto inexplicable. “¿Para qué mantener a estos vagos que dan cursos y talleres de dudosa aplicación, que ofrecen espectáculos gratis, si la gente puede cultivarse de mejor manera en lugares como las Academias Mastrolorenzi?”, apostrofó a su ministro de Cultura y Esparcimiento, quien recordó que el ingeniero Mastrolorenzi había sido compañero de facultad de Toblerone y con ello se convenció de la inutilidad de discutir el punto. Los centros culturales fueron cerrados. Algunos predios fueron cedidos a nuevas asociaciones privadas de variopintos propósitos. Otros sirvieron a la expansión de locales de McDonald’s, y también de comida japonesa, tailandesa y neocelandesa. Los lugares más reputados, como el Centro Cultural de los Monjes Recoletos, fueron subalquilados para fastuosas exhibiciones extranjeras que cobraban jugosas entradas, o para ocasiones especiales. La hija menor del ingeniero Mastrolorenzi se casó allí.

Otro día, el jefe de Gobierno decidió dejar de pagarles a los actores, dramaturgos, directores y técnicos que daban vida al Círculo Teatral, conglomerado de ocho salas financiadas por el Estado, donde se ofrecían maravillosas puestas teatrales, accesibles al público, reconocidas en todo el mundo como una de las razones por las que había que visitar Nueva Saturnia. Los actores emocionaban al público primero con el texto y después relatando que llevaban cuatro meses sin ver un dólar, pero la decisión fue irrevocable: se terminó pagando lo adeudado, aunque llegó la orden de no contratar, financiar ni impulsar nuevas obras. Se gasta demasiado, insistió el ingeniero Toblerone, aunque sus asesores trataban de hacerle entender que la medida no era popular, que, a la corta o a la larga, a la gente le iba a caer mal. El ingeniero cerró la discusión mostrándoles la proyección de ingresos que dejaría la reconversión del Gran Teatro Lírico Saturniano en un estacionamiento de quince pisos. “Mi deber es atender el ingente problema de la falta de espacio para los vehículos que llegan cada día a nuestra gran ciudad”, dijo, y no atendió más razones.

El problema sumió en la preocupación a los legisladores, que convocaron a una sesión especial para debatir. Algunos se fueron temprano para llegar a las audiciones en vivo de un popular animador televisivo, que presentaba Zapateando por un sueño desde el Teatro Municipal Padres de la Patria.

Para multiplicar la productividad del gobierno, el ingeniero Toblerone decidió después cubrir los huecos de la gente cesante del teatro con empleados ya incluidos en la plantilla. Esto en principio disparó toda una serie de anomalías teatrales que no dejaron de tener su interés, como un Hamlet ambientado en el edificio del Ministerio de Obras Públicas, Catastro y Mobiliario Ciudadano, un ciclo de clásicos de la commedia dell’arte en clave de stand up y una puesta de circo en la que los técnicos del canal de televisión y la radio de Nueva Saturnia (ambos clausurados) se estrellaban contra el piso entre carcajadas del público.

Los actores sin trabajo empezaron a juntar el mango haciendo espectáculos callejeros, que podían ir del simple malabarismo a la representación de Sueño de una noche de verano en la zona bancaria. Esto fue bien recibido por la población –e incluso por el ingeniero Toblerone, que en una rueda de prensa dedicó diez minutos a ensalzar el modo en que un capitalismo sano sabe reintegrar a los elementos ociosos—, pero la cantidad de artistas desempleados terminó llevando a un caos público. Entre los que terminaron exterminándose entre sí por disputar los lugares más concurridos y la aparición en escena del CoBaNI, las calles pronto estuvieron limpias de nuevo. Hasta que empezó el paro de basureros, que eran en realidad elementos antes improductivos de la Subsecretaría de Coordinación de Equipos de Control de Bienes Raíces. Y tampoco se distinguían por su eficiencia en el básquet con camión recolector.

El problema sumió en la preocupación a los legisladores, que convocaron a una sesión especial para debatir, finalmente levantada por el advenimiento de un fin de semana largo.

Para los turistas, Nueva Saturnia seguía pareciendo encantadora. El nuevo orden impuesto por el Gran Administrador posibilitaba un mejor manejo de la agenda de las agencias de viaje, que estudiaban el cronograma de los MegaFestivales Saturnianos oficiales y así podían comercializar de manera más efectiva los paquetes turísticos.

Pero en las puertas de tanguerías que habían cerrado tras la eliminación del Plan de Fomento a Clubes de Cultura (Nueva Saturnia, como sus pares del Río de la Plata, era una ciudad con enorme cultura tanguera), viejos bandoneonistas languidecían silbando añosas melodías, sus instrumentos empeñados para meter algo en la olla. Los grupos de rock y música popular tocaban en su casa: debido a una tragedia sucedida en un boliche rockero, las nuevas reglamentaciones habían eliminado de hecho todo lugar de música en vivo. Los niños se sentaban frente a los centros culturales clausurados (o donde ahora se ofrecían muestras de artesanía senegalesa) con la mirada triste, e improvisaban un teatro de títeres ranfañoso con tres medias y un tubito de papel higiénico. La actividad cultural languidecía, los artistas huían. Pronto empezaron a escasear números que alimentaran los MegaFestivales.

La obra pública continuaba. La extensión de la red de subterráneos había quedado en la nada, pero ya lucían los pilares de la Gran Autopista Saturniana, que cumplía la doble función de facilitar el tránsito y evitar nuevos asentamientos de gente fea. La gente fea seguía siendo expulsada más allá de los límites de la ciudad, hacia el distrito conocido como Gran Saturnia. Cundían los carteles naranja. El flamante mobiliario urbano resplandecía bajo las nuevas luces de magnesio provistas por Construcciones Mastrolorenzi.

Así llegó el día, más bien la noche, en que los resplandores lo cegaron todo, y Nueva Saturnia se convirtió en pura luz. Una luz de tal calibre, de tal magnitud, de tal kilovataje, que impedía ver que abajo, al cabo, ya no quedaba nada por ver.

Preocupados, enceguecidos, los legisladores convocaron a una reunión urgente.

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  • Buenos Aires, Argentina
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